Besos

Nos dimos

Besos de paso.

De esos que emigran

Al acabar la estación.

De esos que hibernan 

Al llegar el calor.

Besos de pasión fugaz.

De esos que se van.

De los que no vuelven

Pero quedan tatuados

A fuego en nuestras pieles

Único culpable

Le aparté el pelo mientras ella vomitaba. No era la primera vez que nos encontrábamos en aquella misma situación. Achacaba al estrés el hecho de que en ciertas ocasiones tuviera crisis de ansiedad tan fuertes que le provocaba vómitos de sangre acompañados de mareos. Pero yo sabía que había algo más. No quería presionarla, solo quería mostrarme cercana a ella. Estar a su lado hasta que estuviera segura para revelarme qué sucedía. Cuando hubo terminado y se sintió un poco mejor, le propuse salir a la calle a que nos diera el aire. Eso le vendría bien.

Nos sentamos en el banco que había a la salida. Yo simplemente le puse mi mano sobre su pierna en señal de cariño y demostrarle que seguiría ahí a su lado. Hasta que decidiera hablar. Las dos mirábamos de frente y estuvimos un buen rato en silencio. Normalmente esto era lo que sucedía, y tras varios minutos en la misma posición, regresábamos a clase. Pero esta vez fue diferente.

-Cuando tenía nueve años mis padres se separaron. – comenzó – mi madre se casó con un hombre más mayor, que tenía un hijo cinco años más mayor que yo. Mi padre no quiso saber nada de mi. – giré la cara hacia ella para observarla pero ella seguía con la mirada al frente, perdida. – Mi madre comenzó a trabajar en un bar y casi todas las tarde estaba en casa sola con el novio de mi madre y su hijo. Un día, mientras me duchaba escuché cómo se abría la puerta del baño y al correr la cortina los ví mirándome. Me tapé con la cortina como pude pero ellos seguían mirándome y sonriendo. No dijeron nada y se fueron.

Ví como sus lágrimas empezaban a brotar de sus ojos pero su voz no se quebraba.

-Empecé a tener miedo de quedarme sola con ellos, pero mi madre se ausentaba todas las tardes y llegaba a la hora de cenar. – continuó – Otra tarde estaba en mi habitación preparada para ponerme el pijama y los dos entraron sin llamar. Me obligaron a desnudarme delante de ellos y me tocaron. No llegó a más porque la hora de la llegada de mi madre estaba cerca. Tenía once años, no sabía qué hacer. ¿Y si no me creía nadie? ¿Y si mi madre se ponía del lado de esas dos bestias?. Comencé a usar el cerrojo en todas las puertas de casa. Pero una vez, en el baño me descuidé. Entraron y me golpearon. En el suelo me quitaron la ropa y cuando estuve desnuda me obligaron a que les chupara… la polla… y luego me violaron los dos, un rato cada uno. Yo no dejaba de gritar, pero ellos seguían entre risas hasta que descargaron todo sobre mi. Cuando terminaron se fueron y me quedé tirada sobre el suelo. Me sentí sucia y sola. No tenía a nadie. En la ducha rasqué mi cuerpo hasta que casi salió sangre. Quería quitarme el olor y el recuerdo de esas dos bestias sobre mí. A los dos días se lo conté a mi madre y ¿sabes lo que me dijo?

Y esta vez se giró hacia mí, tenía los ojos rojos llenos de lágrimas. Yo respondí que no con la cabeza y ella contestó:

-Me dijo que la culpa era mía, por pasearme en bragas por casa, que les iba provocando y que debería ser más recatada. Me violaron más veces, algunas juntos, otras por separado y mi madre lo sabía. Hace dos años me fui de casa y ahora vivo con mis tíos. A veces me llaman y me amenazan que volverán a por mí y cada vez que ocurre vuelven los ataques de ansiedad. Yo solo quiero que me dejen en paz. Que me dejen vivir.

Con el corazón encogido la abracé fuerte y le dije que iba a estar a su lado, que no importaba la ropa, que no importaban las palabras y sobretodo, que en una violación, el único culpable es el violador.   

Seamos Libre

Seamos sinceros

Y arranquémonos a bocados las mentiras

O las medias verdades.

Esto tuvo un principio

Pero estamos a tiempo 

De alterar el final

Cambiémosle la banda sonora a nuestra vida.

Unos acordes de rock

Y unos pasos de tango

Y aprendamos a bailar(nos)

Como aquel día que nos miramos

Seamos libres

El otro cuento

Y tras enfrentarse a dragones y orcos,

Por fin llegó a la torre del castillo

Donde debía darle un beso

Al amor de su vida y así romper el hechizo

Se acercó lentamente,

Juntó los labios con los suyos y dijo:

-Despierta, príncipe, que hay mucho mundo por recorrer.

Conversaciones en el ascensor (III)

Cerré la puerta con fuerza y llamé al ascensor. Eran las seis y cuarto de la tarde y la clase empezaba a las seis y media. Por fin llegaría a tiempo y el monitor no me lo echaría en cara. Siempre llego tarde a todos lados. Hasta a mi clase de spinning. Y el monitor, un portugués de casi dos metros, se metía conmigo cada día. Me llamaba ‘la chica de las medias clases’. Al principio pensaba que estaba ligando conmigo, pero cuando le vi una noche comiéndole la boca a un rubio macizorro comprendí que realmente me tenía manía. Y no le culpo. No debe ser agradable comenzar una clase y que la interrumpan cuando llevas diez o quince minutos de subida intensa encima de la bicicleta. Y sobretodo, que siempre sea la misma persona, o sea yo, la que lo haga. Hoy me ganaría un elogio por su parte y lo estaba deseando.

Entré al ascensor y pulsé el cero. En cuanto las puertas comenzaron a cerrarse… ‘JODER, LAS CALAS’. Dejé la mochila en el suelo y comencé a abrir todos los bolsillos. ‘Por favor, que mis zapatillas de spinning estén aquí dentro, por favor, por favor’. Me decía a mi misma mientras sacaba casi todo el contenido de mi bolsa de deporte y lo dejaba sobre el suelo del ascensor. 

No me di cuenta que me había detenido en el cuarto y al abrirse las puertas, ahí estaba él. EL VECINO. Fran:

-¿La influencer está con el cambio de armario?

En ese momento me percaté del caos que había montado en treinta segundos. Mi toalla, bolsa de aseo, ropa de deporte,… y Fran mirándome con esa sonrisa que tanto había echado de menos. Se me olvidó qué estaba buscando. Ah si, mis calas. No sabía qué decir ante semejante panorama. Le miré y añadí:

-Pues que he olvidado mis zapatillas de spinning – mientras lo confesaba metí todo de nuevo en la mochila y me ponía de pie, a su altura – Y voy a tener que subir de nuevo.

-Si quieres te acompaño y te ayudo a buscar – dijo con voz muy sexy mientras a mi se me mojaban las bragas. Se acercó a mí y me susurró al oído – Si has montado todo esto en un momento aquí, no me puedo imaginar como estará tu casa.

Notaba como su respiración golpeaba mis labios. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa.

-Soy una chica muy ordenada, aunque no lo parezca. -conseguí decir.

-Y muy cuidadosa, ¿aún conservas tu sudadera de Cobi? – Me dijo mientras se acercaba más a mi. A nuestras bocas les separaba menos de un palmo y yo estaba deseando morder esos carnosos labios.

-La tengo guardada para una ocasión especial – Y esta vez fui yo la que me acerqué a él mientras le mostraba media sonrisa picarona.

-Muero por quitártela – Me dijo muy bajito al oído mientras me pasaba su mano por la espalda acercándome a él. Estábamos tan cerca que entre nosotros no cabía ni una hoja de papel. Nos miramos una décima de segundo y sin pensarlo dos veces nos buscamos los labios con ansia. Fue un beso húmedo. Muy húmedo. Nuestras lenguas jugaron mientras mis braguitas se empapaban. Empecé a notar su erección cuando el ascensor se detuvo en la planta baja. Mientras las puertas se abrían, nosotros nos separamos. El aguantó la puerta con los pies sin apartar la vista de mi. Habíamos dejado de comernos con la boca pero seguíamos comiéndonos con la mirada.

-¿Estás segura de que no quieres que te acompañe a buscar tus zapatillas?

Le dije que sí con la cabeza aunque lo único que quería era volver a morder esos labios. ¿Por qué este ascensor es tan rápido? 

-Sigo sin saber tu nombre – me preguntó

-Ya te lo dije, tú pones el vino y yo a Cobi y hacemos las presentaciones oficiales.

-El vino hace meses que lo tengo preparado. Pero no voy a esperar a volver a coincidir contigo en el ascensor. Si hace falta llamaré puerta por puerta hasta que me abras. 

-Te estaré esperando.

Y con esa frase llena de ansia y deseo nos despedimos. La puerta se cerró y el ascensor comenzó a elevarse. Mi corazón aún seguía latiendo con fuerza. Joder con el vecino, consigue poner patas arriba mi caótica vida, con lo tranquila que estoy con en mi caos.

Entré a casa, metí las zapatillas en la mochila y me cambié la ropa interior. Miré el reloj y ¡mierda, otra vez iba a llegar tarde al gimnasio!

Mi loco

Eres tú, el loco que encontré

En mitad de mi camino

El que barre la tristeza

A ambos lados de la puerta

El que besa cada esquina

De estas cuatro paredes

A las que llamo piel

Cuyo techo se desprende 

De vez en cuando 

Y que juntos reconstruimos

Ladrillo a ladrillo

Beso a beso

Eres tú, mi loco.

 

Conversaciones en el ascensor (II)

Siempre llegaba tarde a todos lados. Siempre. Ya podía levantarme con un margen suficientemente amplio de tiempo que me permitiera llevar con calma la mañana, que algún imprevisto sucedía. Había comenzado a asumir ese defecto. Mis familiares y mis amigos más cercanos ya me daban por perdida, pero lo que apenas me conocían se llevaban una mala impresión.

Pero esa mañana todo iba a cambiar. Tenía una entrevista con una prestigiosa firma de cosméticos que querían cambiar su imagen corporativa. Habían visto mi portfolio en mi web e Instagram y les había gustado.

Me vestí para la ocasión. Vestido midi de tubo en color negro y unos tacones de 10cm de color mostaza. Maquillaje y pelo muy sencillo aunque me llevó un par de horas lograr el resultado que quería.

Cogí mi portátil y la agenda y lo metí en mi maletín. Le eché un último vistazo a mi look en el espejo de la entrada. Todo estaba perfecto. ¿Que podía fallar? Cogí mi taza de café hermética y salí de casa.

Cuando estuve dentro del ascensor, saqué el móvil del bolso y comprobé que no tenía ningún correo cancelando la cita. En ese momento el ascensor se detuvo en el cuarto. Las puerta se abrieron ahí estaba de nuevo él, EL VECINO. Iba vestido con chándal y zapatillas y llevaba una mochila nike colgada del hombro. En cuanto me vio me miró de arriba a abajo y sonrió.

-¡Pero si la influencer del edificio! ¿Dónde te has dejado a Cobi?- Dijo mientras entraba en el ascensor y pulsaba el botón de la planta baja.

-Hola estilista. -Respondí metiendo el teléfono en el bolsillo exterior de mi maletín.-Cobi se ha quedado durmiendo en casa.

-Una lastima, Cobi te realza la sonrisa. -Me dijo apoyando su mano sobre una de las paredes del ascensor. Me sonrojé y mis braguitas empezaron a vibrar. Dios mío, necesito tranquilizarme. Hoy es un día muy importante – Tengo la botella de vino preparada, por cierto.

Me sorprendió que aún se acordara de nuestra última conversación en el ascensor. Habían pasado dos meses y desde entonces no nos habíamos vuelto a cruzar. No se en que trabajaba este chico, pero desde luego su horario y el mío no eran muy compatibles.

Se acercó un poco más a mi. Nuestros rostros estaban separados por algo más de un palmo. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa y él parecía estar muy tranquilo. Desde donde estaba seguro que podría escuchar mi corazón latir con fuerza. Hasta con el chándal estaba guapo, maldito cabrón.

-¿Me vas a decir cómo te llamas? – Me susurró al oído con una voz muy sexy.

-Ya te lo dije, te lo contaré un día tomando un vino. -Aunque mi tono de voz sonó directo y firme, estaba como un flan.

El se separó un poco de mi, me sonrió y me dijo:

-Yo pongo el vino y tú tráete a Cobi.

En ese momento el ascensor paró en la planta baja. Se colocó su mochila y en cuanto se abrieron las puertas salió. No sin antes añadir:

-Y no te olvides de tus pantuflas.

Será cabrón, pensé. Las puertas se cerraron y yo me quedé ahí, con cara de idiota reviviendo ese momento en el que la boca de Fran estaba a un palmo de la mía. Necesitaba calmarme. No podía ir tan acelerada a la entrevista. Cuando me senté en el asiento del coche cerré los ojos y respire hondo un par de veces. Cuando ya parecía que estaba más relajada fui a encender el motor del coche con tan mala suerte que golpeé la taza de café derramando todo el liquido sobre mi vestido. ¡¡MIERDA MIERDA MIERDA!! Saqué un par de pañuelos para intentar secar semejante desastre. Pero no había nada que hacer. Otra vez iba a llegar tarde. 

Vida 3.0

Si pudiera atravesar la pantalla

Aterrizaría en tus labios

Sin pensarlo

Te miraría a los ojos

Para decirte que te quiero

Sin texto

Sin emoticonos

Con mi voz y mi alma

Esa que no se puede enviar como adjunto

Te quiero

Y qué jodida es esta vida 3.0.

Que si alargo el brazo puedo rozarte

Y a pesar de eso

Aquí estamos

Viajando con otras vidas

En lugar de consumir las nuestras

Una página en blanco

La mirada fija, sin apenas pestañear. Hacía semanas que había cambiado el café de las dos de la mañana por una, o varias, copas de vino. Esa imagen bucólica que acompaña siempre a los grandes escritores que beben café mientras escriben grandes novelas no iba conmigo. O al menos no me había funcionado. Quién sabe. Puede ser porque no soy una gran escritora, ni escribiré grandes novelas o simplemente porque no me gusta el café. Lo había intentando, de verdad, pero no había manera de concentrarse con ese espantoso olor que ocupaba mis fosas nasales provocando, en ciertas ocasiones, terribles arcadas. Tampoco me gustaba el te, ni cualquiera de esas hierbas que tan de moda estaban.

Pero, a pesar del destierro del café, allí seguía. Estancada frente a una página en blanco. Sin saber qué contar, o mejor dicho, sin saber cómo contarlo. 

La falta de inspiración la cubría con una buena dosis de tinto que, la mayoría de las veces, me dejaba noqueada en el sofá hasta bien entrada la mañana. 

Llevaba meses intentando por orden a mis ideas, y mientras lo hacía, mi vida era cada vez más caótica. Mi último novio [o pseudonovio] se largó, harto de mis lloros y mis continuas quejas. Y no le culpo. En ocasiones, soy yo la que huiría de mí misma. Y a mi familia se les empieza a agotar la paciencia. Dejé mi trabajo para dedicarlo a mi sueño y sin embargo vivo mendigando dinero a mis padres desde hace más de nueve meses. 

Sé que debería replantearme mi vida, o la historia que quiero contar, o algo. Lo que sea.  Que no puedo continuar así. Lo sé. Soy consciente de ello. Pero ahora mismo, lo único que necesito es rellenar esta copa de vino y tumbarme en el sofá. Mañana empiezo. O eso creo.