Los domingos

Los domingos

Son para rozarnos los pies con la punta de los dedos

Son para cogernos de la mano mientras yo leo y tú duermes

Son para mirarnos mientras entra el sol por la ventana

Son para besarnos mientras pasan los minutos

Son para hacer el amor mientras pasan las horas

Los domingos

Son para nosotros.

Vuela

Hacía poco que había llegado del trabajo. Había sido un día duro y ahora consumía mis horas muertas frente al móvil. Instagram era adictivo. Ver fotos, leer los textos, las stories… Cuando quería darme cuenta ya era la hora de cenar y yo sentía que había desaprovechado la tarde. El teléfono fijo sonó y me devolvió a la realidad. Hacía tiempo que no escuchaba ese timbre tan peculiar y retro. De hecho, había olvidado cómo sonaba. Me levanté del sofá y fui corriendo a responder.

-Si, ¿diga?

Nadie contestó al otro lado. Aunque sabía perfectamente quién era, quería escuchar su voz. Volví a preguntar.

-¿Quién es?

Comencé a oír unos suspiros. Suaves, lentos, acompasados casi con mi respiración 

-¿Eres tú, verdad?

Nadie respondió. Solo se escuchaban esos suspiros, casi lamentos, que seguro iban acompañados de lágrimas.

-Escucha, no podemos seguir con esto. Esta situación tiene que terminar. Por el bien de los dos -dije con voz calmada. Serena. Comprensiva.

Sin embargo no recibí respuesta alguna. Me armé de valor y volví a hablar.

-La relación que teníamos no era sana, lo sabes ¿verdad? Nos hacíamos daño. Mucho. Te quiero, de verdad, y sé que tú a mi, pero a veces eso no es suficiente. Debemos aprender a soltar y desprendernos de las cosas valiosas que no nos aportan bienestar. Algún día encontrarás a alguien que llene el vacío que nos hemos dejado y cuando lo hagas, te coserás unas alas enormes para volar juntos. Se que es difícil de ver y más con el cuerpo lleno de rasguños, pero creeme que lo lograrás. Eres una persona maravillosa y si yo lo he visto  seguro que alguien lo ve también. Pero cariño, tienes que cerrar esa puerta. Tienes que dejar de llamarme. Eres fuerte, aunque ahora no lo veas. Lo lograrás, lo lograremos. Y en el futuro nos encontraremos por la calle, felices y diremos con una sonrisa ‘cuánto nos quisimos y que mal lo hicimos’.

Los suspiros dejaron de oírse. Ya solo podía escuchar el latido de mi corazón.

-Gracias. Te quiero.

Es lo único que dijo antes de colgar. Es lo último que escuché antes de soltar. Porque esa fue la última llamada. Por fin podíamos seguir nuestro camino, aunque fuera por sendas distintas.

Nunca Jamás

Besémonos en las mejillas

Hagámonos cosquillas

Riámonos de las mentiras

Volemos muy arriba

Aunque sea dura la caída

Cojamonos de las manos

Y saltemos a toda pastillas

Disfrutemos de la vida

Juguemos con Campanilla

Porque cuando seamos mayores…

-Qué pasará cuando seamos mayores, Peter?

-Qué nunca jamás pase nada Wendy, que no pase nada…

Un par de vinos

Hace un par de vinos

nos mirábamos con disimulo.

Nuestras pupilas jugaban al escondite

mientras nuestros cuerpos buscaban el roce.

Hace un par de vinos

éramos conscientes del fuego que brotaba entre nosotros.

Y ahora, botella y media más tarde,

¿Quién va a apagar este incendio?

La chica del vestido rojo

Mi reloj marca las diez y media y como cada día paramos un rato nuestra faena para descansar y reponer fuerzas.

-Eh tú, universitario, ¿te vienes al bar? – me pregunta uno de mis compañeros.

-¿Este? ¿El bohemio? ¡qué se va a venir! – responde por mi otro de ellos.

Todos bajan las escaleras y yo en cambio subo al último piso del edificio y me siento junto a la ventana que da al este. A esa hora aún asoma el sol y no es demasiado caliente. Saco mi tupper de fruta y un libro. En esta ventana he leído a Dicker, Mola, Orwell, Montero, Lorca, Benedetti entre muchos otro. Y desde aquí la veo. A ELLA. A esa hora sale a su pequeño balcón a leer. La primera vez que la vi no pude dejar de mirarla. Llevaba un vestido rojo, largo, que bailaba al compás del viento que soplaba creando un espectáculo visual absolutamente maravilloso. Su pelo, largo y negro, seguía los pasos del vestido mientras ella trataba de domarlo. Era imposible no quedarse prendado ante tal escena. Desde entonces la observo y juego a adivinar el libro que se está leyendo. Y contemplo cómo sus manos acarician el libro con delicadeza mientras pasa las páginas con tal mimo que hace que se me erice la piel. En ocasiones se levanta para estirar su cuerpo y se queda mirando por el balcón unos pocos minutos. He sentido la tentación de llamarla más de una vez, pero la timidez me absorbe el pensamiento y no me deja materializar la novela sobre nosotros que ya he escrito en mi mente. El día que llevé conmigo ‘Crónica del desamor’ de Rosa Montero vi que habíamos coincido y comenzábamos una aventura juntos. Me hubiera gustado comentar la historia de las mujeres que aparecen en ese libro, pero me conformé con escribir nuestros diálogos y añadirlos a nuestra novela. Un día apareció con ‘Veinte poema de amor y una canción desesperada’ de Pablo Neruda y esa misma tarde pasé por mi librería a comprarlo. Desde entonces el poema 12 pasó a llamarse ‘La chica del vestido rojo’. ‘Algún día te lo recitaré al oído’ le digo.

“Para mi corazón basta tu pecho,

para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.

Llegas como el rocío a las corolas.

Socavas el horizonte con tu ausencia.

Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento

como los pinos y como los mástiles.

Como ellos eres alta y taciturna.

Y entristeces de pronto como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.

Te pueblan ecos y voces nostálgicas.

Yo desperté y a veces emigran y huyen

pájaros que dormían en tu alma.”