Una página en blanco

La mirada fija, sin apenas pestañear. Hacía semanas que había cambiado el café de las dos de la mañana por una, o varias, copas de vino. Esa imagen bucólica que acompaña siempre a los grandes escritores que beben café mientras escriben grandes novelas no iba conmigo. O al menos no me había funcionado. Quién sabe. Puede ser porque no soy una gran escritora, ni escribiré grandes novelas o simplemente porque no me gusta el café. Lo había intentando, de verdad, pero no había manera de concentrarse con ese espantoso olor que ocupaba mis fosas nasales provocando, en ciertas ocasiones, terribles arcadas. Tampoco me gustaba el te, ni cualquiera de esas hierbas que tan de moda estaban.

Pero, a pesar del destierro del café, allí seguía. Estancada frente a una página en blanco. Sin saber qué contar, o mejor dicho, sin saber cómo contarlo. 

La falta de inspiración la cubría con una buena dosis de tinto que, la mayoría de las veces, me dejaba noqueada en el sofá hasta bien entrada la mañana. 

Llevaba meses intentando por orden a mis ideas, y mientras lo hacía, mi vida era cada vez más caótica. Mi último novio [o pseudonovio] se largó, harto de mis lloros y mis continuas quejas. Y no le culpo. En ocasiones, soy yo la que huiría de mí misma. Y a mi familia se les empieza a agotar la paciencia. Dejé mi trabajo para dedicarlo a mi sueño y sin embargo vivo mendigando dinero a mis padres desde hace más de nueve meses. 

Sé que debería replantearme mi vida, o la historia que quiero contar, o algo. Lo que sea.  Que no puedo continuar así. Lo sé. Soy consciente de ello. Pero ahora mismo, lo único que necesito es rellenar esta copa de vino y tumbarme en el sofá. Mañana empiezo. O eso creo.

Insomnio

Di dos vueltas sobre mi, acurrucándome en posición fetal. Llevaba ya un rato despierta, moviéndome a un lado y a otro de la cama. Finalmente, comencé a palpar la mesita de noche buscando mi teléfono móvil. Cuando logré dar con él, toqué la pantalla y se iluminó. Las 3:37. Otra noche más y ya iban unas cuentas desvelándome a esas horas. A veces conseguía volver a dormirme, otras, en cambio, me quedaba horas en la cama esperando que amaneciera. 

Me levanté, cogí el móvil y salí de la habitación sigilosamente. Fui a la cocina y cogí el chocolate y seguidamente me senté en el sofá. Vi todas las historias de instagram mientras me zampaba la media tableta de chocolate negro. Cuando terminé, y al ver que ya era imposible volver a conciliar el sueño, cogí el libro y continué leyendo por donde me había quedado hace un par de días. Leer en completo silencio era uno de los mayores placeres y pocas veces podía hacerlo. De repente el móvil vibró y ese silencio que tanto adoro provocó que casi sufriera un paro cardiaco debido al ruido generado por el teléfono. Miré la pantalla y tenía un whatsapp. Suyo. A las 4:07 de la madrugada. Un miércoles.

‘Qué haces despierta a estas horas?’

Quise obviarlo. Me había prometido a mi misma no responder a ninguno de sus mensajes y llamadas. Al poco llegó otro.

‘Tengo ganas de verte’.

La promesa me duró una semana. Menos. 5 días. 5 miserables días de insomnio. Y esta vez sí respondí, de forma escueta.

‘Hola’

‘Qué haces despierta a estas horas?’ repitió

‘Y tu que haces controlandome a estas horas?’ comenzaba el juego

‘No me has respondido’

‘Tu tampoco’

‘No puedo dormir’

‘Yo tampoco’

…escribiendo… se mantuvo un buen rato en la pantalla. A veces desaparecía y al poco volvía. Finalmente llegó un mensaje.

‘Te echo mucho de menos’

No sabía que responder a eso. Yo también le echaba de menos. Mucho. No podía dejar de pensar en él. Mi insomnio era por su culpa. Por aparecer en mi vida cuando pensaba que ya la tenía solucionada. Por ponerla patas arriba cuando tenía unos cimientos bien sólidos. Le echaba de menos pero también le odiaba. Y me odiaba a mi misma. Y odiaba esa bomba de emociones que me provocaba trastornos en mi sueño, en mi estabilidad, en mi día a día, en mi vida. Pero joder, vaya trastornos.

No respondí, pero seguía ‘en línea’. Él también. Esperaba una respuesta que no sabía dar, que no sabía cómo expresar. Él comenzó a escribir.

‘Echo de menos tenerte bajo mis sabanas, echo de menos tus labios, echo de menos tu cuerpo, echo de menos morderte el lóbulo de la oreja, echo de menos tus manos en mi polla, echo de menos mis dedos dentro de ti, echo de menos correrme mientras gritas mi nombre. Joder, es que no entiendo qué ha podido pasar…’.

El calor comenzó a subirme desde los pies a la entrepierna a la vez que el corazón me latía con fuerza. Mi cuerpo ardía. Le necesitaba a mi lado. Quería sentir de nuevo su respiración en mis oídos. Quería sentirle de nuevo dentro. Quería que me hiciera morirme de placer. Contra mi voluntad y haciendo uso de mi cerebro, que hacía tiempo tenía dormido, le contesté

‘Joder Álvaro, pensé que esto había quedado claro cuando hablamos’

‘Quedó claro para ti, sabes que no estoy de acuerdo. Te dije que tu situacion no me importaba, solo con tenerte cerca.’

‘Ya lo se, pero yo no me siento bien haciendo lo que hacemos’

‘No lo parece después de dos empujones contra el armario’

Ese comentario volvió a provocar que mi cuerpo volviera a arder. Me odiaba a sí misma por sentirlo. Me sentí sucia y mala persona. Intenté suavizar un poco esa conversación.

‘Ya me entiendes. Sabes que me encanta, que lo pasamos muy bien. Pero no puedo seguir con esto. Muero por verte, pero cuando me vuelvo a casa me siento una auténtica mierda. Y me agota vivir así. Apenas duermo, Álvaro. Quiero volver a mi vida calmada, mi vida cómoda.’

‘A tu vida aburrida, dirás’

‘No seas injusto, por favor’

‘No lo soy, son sólo palabras tuyas’

‘Palabras mías que dije hace seis meses. Fui una inconsciente por caer en la tentación, por probarte’

‘Y por repetir varias, muchas veces. Joder, si lo pasamos muy bien juntos… porfavor, ven a verme mañana, a las 5 de la tarde. Ana por por favor, y hablamos’

Sus palabras pasaron a sonar como súplicas mezcladas con rencor. Y caí, volví a caer. Mi promesa de no volver a verle duro 5 malditos días. 5 putos días en los que mi cabeza y mi entrepierna jugaban un partido de tenis y se mantenían en ‘deuce’ constantemente. Y al quinto día, al quinto set, inclumplí mi palabra dando el trofeo al lugar que cubría el minúsculo tanga que llevaba. 

‘Vale, hablamos’

En ese momento oí un ruido que venía del fondo del pasillo. 

-¿Ana?  ¿Dónde estás?

-Ya voy cariño – me apresuré a decir.

Dejé el libro sobre el sofá. ‘Info. del contacto’, ‘vaciar chat’, ‘aceptar’. Y volví a la cama dejando el móvil con la pantalla hacia abajo sobre la mesita. Me tapé con la sábana mientras notaba como Mario me abrazaba por detrás y me daba un beso en la nuca. 

Frente al espejo

¡¿Qué quieres?!

Joder, ¡¿qué quieres!?

Se que es complicado

Que el mundo no para de girar

Y tú sientes mareos

Que desde allí arriba no se ve nada

Y tú tienes vértigo

Que no dejan de pasar trenes

Y tú no sabes a cuál subirte

Que la vida va demasiado rápido

Y a ti te gusta ir despacio

Pero piensa…

Piensa, joder, ¡¡piensa!!

¡¿Qué quieres!?

Sumergida entre letras

Aún recuerdo aquel cuento que escribí con 8 años.  ‘Las zapatillas mágicas’. Aún lo conservo, al igual que conservo esa pasión por las letras. Cuando era pequeña me hacían la típica pregunta que le hacen a todos los niños y niñas:  ¿Y tú, qué quieres ser de mayor? Mi respuesta siempre era: ‘Quiero ser escritora’. Al principio las caras eran la misma como cuando un niño o niña dice que quiere ser astronauta. Pero con el paso de los años, viendo que mi respuesta seguía siendo la misma me dejaban caer: ‘Pero además de escribir, ¿en qué quieres trabajar?

Así que busqué una profesión pensando que, un escritor no vive de sus libros. Lo cierto es que, la gran mayoría no lo hacen. Ahora soy consciente de ello. Cuando tenía 14 años y tuve que elegir optativas y me decanté por aquellas que tienen relación con las letras. Decidí que, si quería escribir un libro, debía estudiar una carrera relacionada con ellas. Escogí periodismo. Vi que muchos periodistas tenían libros publicados, y escribir en un periódico o una revista era escribir, al fin y al cabo. Así que esa fue mi elección. Pero al ver mis notas, todas las asignaturas de ‘números’ tenían calificación excelente y las de ‘letras’ algo más bajas, notables. Siempre he sido muy buena estudiante. El verano de los 16, cuando había entregado ya la solicitud de itinerario para bachillerato, le dije a mi padre que cambiaba el Humanístico y Social por el bachillerato Tecnológico. ¡Vaya cambio! Pasaba de tener Historia del Arte y Filosofía a tener Tecnología y Mecánica. 

Al final de toda mi trayectoria en el instituto, me matriculé en la carrera de informática y acabe obteniendo el título de ingeniera superior en Informática. 

Nunca he dejado de leer. Nunca he dejado de escribir. La lectura siempre (o casi siempre) la he compartido. He compartido mis gustos, he recomendado libros, y he comprado más novelas de las que puedo leer. 

Sin embargo, escribir… he tenido mis más y mis menos. El hecho de estudiar una ingeniería me frenó. Posiblemente por el mal concepto adquirido de que solo escriben aquellos que han estudiado carreras de letras y que yo, jamas podría hacerlo por no haberme formado como es debido. 

Hace casi tres años atravesé un momento en mi vida muy delicado que me hizo replantearme muchos aspectos de mi vida. Y comencé a escribir de nuevo. Pero sobretodo, comencé a compartirlo. Ese siempre fue mi gran problema. La gran roca que estaba en mitad del camino. El hecho de que alguien me lea siempre ha supuesto un gran inconveniente para mi. La inseguridad me pesa demasiado.

Pero no me he ido, puedo decir que jamás me fui. Aquí sigo, cerca de ti, sumergida entre letras… ¿Me lees?

La última noche

La última vez que se vieron fue hace algo más de seis meses. Estuvieron jugando al ratón y al gato durante toda la noche y acabaron cada uno en su madriguera. No se habían llamado, de hecho nunca lo han hecho. Se encuentran de forma casual en los locales que frecuentan muy de vez en cuando. Aunque, si bien es cierto, ambos se mantenían al día a través de sus perfiles en redes sociales.

Adela entró en El Onella, el pub más de moda entre los ‘postadolescentes’, que buscan un lugar donde bailar ‘remember’ huyendo de los veinteañeros y el reaggeton. Iba enfundada en un vestido granate muy ceñido que marcaba su perfecta figura. Subida, además, a unos tacones de 11cm que manejaba a la perfección. Sus labios, bien rojos, combinaban divinamente con su media melena rubia y sus grandes ojos casi negros. Le seguía Ester su amiga de la infancia, recién divorciada y con unas ganas inmensas de olvidar los últimos meses vividos. De hecho, fue Ester quien suplico a Adela para que la acompañara de tardeo y así despejar la mente y darle un buen meneo al cuerpo.

Fueron directas a la barra y mientras reclamaban la atención del barman, lo vio. Allí estaba. Moreno, con sus ojos claros y su barba de varios días. Adela apartó la mirada mientras notaba como su corazón empezaba a golpear fuertemente el pecho. Ester pidió dos chupitos de tequila y Adela, a pesar de que lo odiaba, se lo bebió sin rechistar. Prefería eso que escuchar a su amiga recriminarle su falta de empatía, amistad y tantas cosas más. Total, si al final se lo acabaría bebiendo. Mejor ahorrarse el sermón.

El local se iba llenando de gente conforme avanzaba la tarde. Adela fue al baño aprovechando que su amiga estaba de tonteo con un chico con el que llevaba toda la tarde lanzándose miraditas.

Le sorprendió encontrar el baño vacío, así que pudo retocarse los labios tranquilamente. Sacó el móvil para consultar sus redes cuando vio que tenía un mensaje suyo: ‘Estas espectacular’. Adela sonrió aunque sintió rabia: Y porque cojones no ha venido a saludarme!?

Decidió no responderle, al menos en ese momento. Se volvió a mirar al espejo y, mientras trataba de jugar al tetris guardando el labial y el móvil en el minúsculo bolso, salió de baño. En ese preciso momento, alguien salía también de los servicios de hombres lo que provocó que Adela se chocara contra él y su móvil cayera al suelo.

-¡JODER! -Y se agachó a recogerlo asegurándose de que el dispositivo estaba estaba sano y salvo.

Al levantar la vista lo vio, con su media sonrisa, mirándole con los brazos cruzados. Lucas le tendió la mano para que volviera a ponerse en pie, sin embargo Adela lo hizo sin ningún tipo de ayuda y se apoyó en el marco de la puerta de los servicios de mujeres. Se mantuvieron la mirada durante diez largos segundos. Lucas se acercó a ella apoyando el brazo cerca del hombro derecho de Adela y le susurro al oído:

– Estás increíble.

Adela sentía que el corazón se le iba a salir del pecho y algo le ardía entre las piernas.

-Joder – repitió, esta vez acompañado de un suspiro.

-Hoy no voy a dejar que te vayas.

Adela noto como la mirada azul le atravesaba sus ojos. Sin pensarlo ni un solo segundo, se acercó al él y le beso de una manera brusca. Sin apenas separarse, Lucas le cogió de la cintura y la empujó al interior de uno de los baños del servicio femenino cerrando la puerta tras de sí. Se comían la boca con ansia. Esa ansia que llevaban meses acumulando bajo la piel y que hoy les quemaba. Lucas le subió el vestido con ambas manos y le rompió las medias de un fuerte tirón al tiempo que metía sus manos dentro del culotte agarrando el trasero de Adela con fuerza. La trajo hacia él golpeándose la espalda contra la otra pared. El metro cuadrado donde estaban no les permitía apenas el movimiento pero no necesitaban más. Aprovechando ahora su posición de superioridad, Adela le desabrochó el vaquero a Lucas mientras metía su mano en el interior agarrando con fuerza su erección.

– Joder…- volvió a decir Adela.

– Parece que es tu palabra favorita esta noche – Le dijo con una sonrisa picara. Adela hizo caso omiso a sus palabras, se puso de rodillas y se metió la polla de Lucas en la boca. 

Lucas gimió fuerte y repitiendo la expresión de Adela:

-¡¡Joder!!

Ella agarraba con fuerza el miembro de Lucas mientras jugaba con su lengua. A veces levantaba la vista y le veía, con los ojos en blanco, deshecho de placer. Eso a ella le encantaba y comenzó a chupar con más fuerza. Lucas le cogió de los hombros y la levantó poniéndola a su altura.

-Vas a hacer que me corra…- Le dijo al oído. 

Lucas la besó con fuerza empujándola contra la pared. Y mientras las lenguas estaban jugando, las manos de él deslizaron el culotte a un lado mientras le introducía dos dedos. Ella emitió un gemido sordo abriendo la boca. Y al ver como se estremecía, Lucas comenzó a entrar y salir de forma lenta y pausada, observando cada uno de los movimiento. Verla disfrutar de esa manera le excitaba. Le excitaba mucho. Con la mano que le quedaba libre, Lucas sacó la cartera del bolsillo y torpemente saco un preservativo. Tuvo que sacar los dedos del interior de Adela para poder colocarlo correctamente. Había perdido la práctica. Ella le ayudó, y cuando estuvo listo, la cogió al vuelo y, empotrándola contra la pared, le metió la polla de forma brusca. Al principio las embestidas eran suaves. Ella, con la espalda pegada a la pared, notaba los gemidos de Lucas acompasado con sus lentos movimientos. Pero pronto el ritmo comenzó a acelerarse. Cada vez eran más fuertes y eso provocaba golpes contra las pareces del minúsculo habitáculo. El la sujetaba fuerte del culo mientras empujaba con fuerza sintiendo cada uno de sus movimientos. Adela sintió un intenso dolor de placer y supo que el orgasmo estaba cerca. Comenzó a contraerse y Lucas gimió fuerte descargando sus últimas fuerzas en aquel momento. Los dos se corrieron y mantuvieron la postura escasos segundos mientras recuperaban el aliento y la respiración.

Al tocar los pies en el suelo, Adela se quitó la medias, o lo que quedaba de ellas y se ajustó la ropa interior y el vestido. Lucas la miraba con deseo mientras hacía un nudo en el preservativo y se subía el vaquero.

-Joder tía, me pasaría los días follándote.

Ella levantó la vista. 

-Llámame un día si quieres, y buscamos un sitio más cómodo… Dijo con sorna.

-Sabes que no puedo… – dijo alargando la última sílaba.

-Claro, tu mujer.

El no respondió. Se limitó a abrir la puerta y a salir de ese minúsculo espacio donde habían estado encerrados durante un buen rato.

Quiso besarla, se acercó a ella con esa intención, pero ella fue más rápida y fingió darle dos besos a modo de despedida.

-Me voy a buscar a Ester, la pobre seguro que me ha estado llamando- mintió. Sabía perfectamente que su amiga estaba comiéndole la boca a su nuevo amigo.

Adela hizo amago de irse y Lucas le cogió de la muñeca impidiendo que se marchara.

-Adela…

-Va Lucas, que me están esperando. Si quieres luego nos tomamos unos tequilas. – le interrumpió.

Lucas la soltó, se metió las manos en los bolsillos y vio como se marchaba. Cuando hubo desaparecido, Lucas volvió en sí.

-JODER – dijo en voz alta. 

Cogió el móvil y escribió:  “cariño, voy para casa. Compro pizzas para cenar?”

Al segundo el móvil vibró:  “ok. compra una margarita para los niños”.

Pieles

Arden nuestras pieles 

Bajo este amasijo de desórdenes caóticos

Y sin embargo

Empujamos los momentos

En un vaivén de besos sin sonido

Hasta que a vida nos explota en la cara

Prometiendo cargarnos a la espalda

Un buen puñado de orgasmos infinitos.