Una página en blanco

La mirada fija, sin apenas pestañear. Hacía semanas que había cambiado el café de las dos de la mañana por una, o varias, copas de vino. Esa imagen bucólica que acompaña siempre a los grandes escritores que beben café mientras escriben grandes novelas no iba conmigo. O al menos no me había funcionado. Quién sabe. Puede ser porque no soy una gran escritora, ni escribiré grandes novelas o simplemente porque no me gusta el café. Lo había intentando, de verdad, pero no había manera de concentrarse con ese espantoso olor que ocupaba mis fosas nasales provocando, en ciertas ocasiones, terribles arcadas. Tampoco me gustaba el te, ni cualquiera de esas hierbas que tan de moda estaban.

Pero, a pesar del destierro del café, allí seguía. Estancada frente a una página en blanco. Sin saber qué contar, o mejor dicho, sin saber cómo contarlo. 

La falta de inspiración la cubría con una buena dosis de tinto que, la mayoría de las veces, me dejaba noqueada en el sofá hasta bien entrada la mañana. 

Llevaba meses intentando por orden a mis ideas, y mientras lo hacía, mi vida era cada vez más caótica. Mi último novio [o pseudonovio] se largó, harto de mis lloros y mis continuas quejas. Y no le culpo. En ocasiones, soy yo la que huiría de mí misma. Y a mi familia se les empieza a agotar la paciencia. Dejé mi trabajo para dedicarlo a mi sueño y sin embargo vivo mendigando dinero a mis padres desde hace más de nueve meses. 

Sé que debería replantearme mi vida, o la historia que quiero contar, o algo. Lo que sea.  Que no puedo continuar así. Lo sé. Soy consciente de ello. Pero ahora mismo, lo único que necesito es rellenar esta copa de vino y tumbarme en el sofá. Mañana empiezo. O eso creo.

Adicta

Una secuencia perfectamente ordenada de zapatos descansaba plácidamente sobre el suelo de su habitación. Le había llevado horas sacarlos de sus cajas y armarios. Nuria podía usar unos zapatos cada día durante tres meses sin repetir par. Aún así, los observaba cual tesoro y pensaba cuál sería el siguiente par en adquirir. Recibía constantes críticas por tener una colección excesivamente cara, pero ella hacía oídos sordos a tales comentarios. Había discutido en innumerables ocasiones sobre ese afán de gastar la mitad de su sueldo en zapatos. ‘Tú sales a cenar cada fin de semana, yo visto mis pies’. Esa era una de las respuestas que daba hasta que finalmente se cansó. El silencio y la sonrisa le hacían más feliz que sumergirse en discusiones estúpidas que no llevaban a ningún lugar. Nadie la entendía, pero eso a Nuria le preocupaba cada vez menos. 

Esa tarde decidió que debía poner un poco de orden. El cambio de estación estaba a la vuelta de la esquina y se había propuesto reorganizar su zapatero. Era minuciosa. Demasiado para su gusto. Pero ese defecto ya formaba parte de su vida y le acompañará hasta el fin de sus días. Colocó botas y botines en el estante inferior, dejando espacio en las baldas del centro para las sandalias y cuñas, más a mano, para llevar durante el verano que estaba a la vuelta de la esquina. Tacones de todas las alturas, diseños muy cuidados de un sinfín de marcas y diseñadores más que conocidos. Todos ellos fueron colocados de forma cuidadosa en cada uno de los estantes del zapatero. 

Cuando hubo terminado, Nuria dio un par de pasos atrás para coger una amplia perspectiva que le permitiera observar su creación de forma óptima. No quería perderse nada. Cada detalle fue tratado de forma especial. Y allí, a la derecha de los Jimmy Choo, en el tercer estante, colocaría su próxima adquisición. Unos Manolos rosa empolvado de un tacón de 7 cm que había echado el ojo un par de semanas atrás. 

Volvería a recibir críticas, pero eso a Nuria, le resbalaría sobre el charol de sus nuevos Manolos.

Zarzuela

Se despertó, y como un acto reflejo, cogió el móvil y empezó a navegar entre sus perfiles de las redes sociales. Yo estaba acostada a su lado. Seguía durmiendo, o al menos, lo intentaba. Estaba acostumbrada a madrugar mucho y los fines de semana, a pesar de que lo intentaba, me despertaba prácticamente a la misma hora. Él decidió que ya era hora de levantarse y yo me hice un poco la remolona, tratando de apurar al máximo el tiempo en la cama. Conectó el móvil al altavoz. Me preguntaba qué música pondría. Cada día era distinto. ¿Música clásica? ¿Extremoduro?¿La banda sonora de Piratas del Caribe? Pero esta vez me sorprendió. 

Estaba en el coche, medio acostada, con las piernas prácticamente encima de mi hermana. Ya casi habíamos llegado. El almacén de Tono se divisaba a lo lejos y a mi izquierda observaba a los niños y las niñas jugando en los campos mientras los padres tomaban algo fresco en el bar de la piscina. Atravesamos la calle principal hasta llegar a una pequeña plaza donde mi padre aparcó el coche. 

Abrimos la puerta y salimos corriendo. Como siempre la puerta de casa estaba abierta. En cuanto cruzamos el descansillo la música me envolvió. Sonaba en toda la casa. La zarzuela comenzó a recorrer cada poro de mi piel y sonreí con alegría. Cuando abrí la puerta que separaba la entrada del comedor, allí lo encontré. Paseando de arriba a abajo con los brazos cogidos detrás de la espalda y respirando cada nota que sonaba por todos los altavoces de la casa. No nos oyó entrar. ¿Cómo iba a hacerlo? Si allí debían de superarse el máximo de decibelios permitido en una vivienda. En ese momento se giró y nos vio allí plantadas. Su cara cambió mostrando una enorme sonrisa mientras abría sus brazos lo máximo que podía. Como siempre empezó a patalear suavemente, se agachó para ponerse a nuestra altura y emitió el sonido ‘ta ta ta ta’ esperando a que nos abalanzáramos sobre él y nos fundiéramos en un fuerte abrazo. Y eso fue lo que realmente ocurrió. 

Mientras permanecimos abrazados me dijo:

-La abuela está en la cocina, preparando la comida.

-¿Y qué hay para comer?

-¿Tú que crees? 

Y salí pitando camino a la cocina, donde se encontraba mi abuela, con un delantal cosido por ella mientras canturreaba alguna de las canciones que sonaban. Me asomé al horno y lo vi y no pude más que emitir un grito de alegría y abalanzarme sobre mi abuela para darle el más fuerte de los abrazos y besos.

-Pero si a ti no te gusta el arroz al horno. – Me dijo con guasa.

Sobre la mesa había una tarta de Santiago, que por lo caliente del molde, debía de estar recién hecha. Mientras observaba toda la cocina, mi abuela me pidió que le trajera un brick de leche. Volví a cruzar el comedor donde mi padre hablaba con mi abuelo al tiempo que éste bajaba el volumen de la música. Cuando llegué a la despensa que estaba situada bajo la escalera encendí la luz. Desde allí apenas se escuchaba la zarzuela…

-Oye cariño, ¿te vas a levantar hoy? El café se enfría.

-Si si, ya voy.

-¿Qué tienes pensado que hagamos hoy para comer?

-Arroz al horno. Y voy a hacer una tarta de Santiago de postre.

La tormenta

-Hola.

-Hola.

Esas fueron nuestras primeras palabras tras una semana sin saber nada el uno del otro. Fueron unos pocos segundos el tiempo que nos mantuvimos la mirada. Unos pocos segundos que se alargaron en el tiempo pareciendo largos minutos. Sus ojos azules penetraban en los míos de una manera que casi me hacían sentir dolor.

-¿Puedo pasar? – Me preguntó.

-Sí, claro – Y me aparté de la puerta dejando que entrara en la que, hasta hacía una semana había sido su casa. 

Cerré la puerta, pero él no pasó más allá del vestíbulo donde se apilaban varias cajas de cartón y un par de maletas. 

Crucé los brazos y me encogí, me hice muy pequeñita a su lado. Intentábamos evitar los ojos del otro, pero en ocasiones suponía un esfuerzo sobrehumano. A veces era yo quien le miraba, otras veces era él quién me miraba a mi. No encontrábamos las palabras. Nos vaciamos de ellas aquella noche, cuando estalló la tormenta. Esa que llevaba tiempo vagando por nuestras vidas. Esa tormenta que a veces mostraba algún claro de sol y nos provocaba trazos de confusión e ilusión a partes iguales. Esa tormenta que comenzó a fraguarse con el paso del tiempo y que no supimos esquivar. Hace una semana nos llovió encima y dejamos escapar nuestros miedos y nuestros sentimientos. Esos que, de haber sido compartidos, los hubiéramos enmarcado y guardado en nuestro cofre de tesoros. Pero quisimos almacenarlos y coleccionarlos individualmente y cuando quisimos compartirlos nos los lanzamos a la cara como flechas punzantes intentando provocar más herida en el otro que en uno mismo. Nos fuimos apagando, de eso no había ninguna duda. Pero ninguno de los dos tuvo el valor ni las ganas de prender de nuevo la llama. 

Ahora solo nos quedaba terminar con esto con la mayor entereza posible, sin salir heridos, sin rasguños y solo guardando en nuestro cofre los buenos momentos que habíamos compartido durante todo este tiempo.

Le busqué con la mirada y le dediqué una medio sonrisa con la esperanza de que él me la devolviera. Y así lo hizo. Me sentí en paz.

-Espero que todo te vaya muy bien, a pesar de todo eres y siempre serás una persona muy importante en mi vida – Me dijo sin apartar sus ojos de mi.

-Tú también, cuídate – Y me acerqué a darle un abrazo. 

Nos quedamos pegados unos pocos segundos que se alargaron en el tiempo pareciendo largos minutos. 

Así éramos. Así fuimos. Habíamos tratado de vivir deprisa, sin pararnos a respirar ni a mirarnos y se nos acabó el tiempo. 

Le vi marcharse, y cuando cerré la puerta comencé a llorar. Lloraban mis ojos, mi corazón y todas y cada una de mis heridas. Pero sabía que a partir de ese día comenzarían a cicatrizar.

Nuestra historia

Lucía me miró con esos inmensos ojos marrones que tanto me gustan y que estaban más tristes que de costumbre. Nos conocimos hace muchos años, por casualidad. Ambos habíamos estudiado un par de veranos en el extranjero y nos apuntamos a un curso de inglés para preparar el First. Teníamos 16 años por aquel entonces. Éramos muy jóvenes y teníamos una mochila de sueños que rebosaba por los cuatro costados. Solo nos veíamos los martes y los jueves, de 17 a 19, pero pronto comenzamos a estirar el tiempo. Nos tomábamos un batido al terminar la clase en una pequeña cafetería situada a dos calles de la academia. O simplemente nos sentábamos en una plaza cercana y conversábamos durante horas. Luego volvíamos paseando a casa y buscábamos motivos para vernos fuera del horario de clases. En aquellos tiempos sin pantallas, nos mirábamos a los ojos cuando nos hablábamos y observábamos los movimientos del otro que acompañaban cada una de nuestras palabras. Nos sabíamos de memoria. Cuando Lucía sonreía, se le formaban unos hoyuelos que yo adoraba y ella detestaba. Se ponía terriblemente nerviosa antes de un examen y se estiraba el pelo sin ella ser consciente. Se colgaba siempre la mochila sobre el hombro izquierdo y aseguraba que no sabía andar si se la colgaba del derecho. Desde que nos conocimos no nos hemos separado nunca. Yo fui testigo de su boda y ella será la madrina de mi hijo.

Lucía vino a verme a casa. Aprovechó que Elisa estaba fuera por trabajo, para contarme que estaba pasando una mala época con su marido. Ella conoció a Guillermo en el gimnasio. Puede sonar muy típico, pero así es como ella me lo contó: “Joder, pues no se, yo estaba ahí intentando bajar el asiento de una de las máquinas y Guillermo me vio tan apurada que vino a ayudarme. Luego me dio su teléfono y yo le regalé mis bragas”. Así era mi Lucía.

Lucía y Guillermo se hicieron inseparables y eso me costó más de un enfado. Yo le reprochaba que ya apenas nos veíamos, que ni siquiera hablábamos y sobretodo le dije que la echaba de menos. Supongo que estaba celoso de que no me dedicara el mismo tiempo que antes. Pero Guillermo es un buen tío, están los dos igual de pirados y lo más importante, Lucia sonreía cada vez que me hablaba de él. Mostraba su perfecta dentadura y marcaba sus adorables hoyuelos. Y, aunque algo se encogía dentro de mí, me sentía feliz.

Me contó que llevaban un par de meses distanciados, que no se miraban igual que antes. Que las discusiones habían entrado por la puerta grande y no conseguían alejarlas. Yo le confesé mis miedos. Mi mujer, Elisa, estaba embarazada de cinco meses y habían empezado a florecer en mi muchos temores. Temía perder mi libertad, mi relación de pareja, temía no saber cómo cuidar a un bebé, cómo educarlo. Tenía pánico a mi futuro próximo y no había sido capaz de decírselo a Elisa. Posiblemente era un cobarde, pero a veces la vida te pone piedras en el camino y nos vemos incapaces de rodearlas para seguir el andando.

Lucía se acercó a mí para abrazarme y sus fríos pies rozaron los míos. Joder, estaban congelados. Se puso a horcajadas sobre mi y nos tapó con la sábana blanca que cubría mi cama. La atraje hacia mi y la abracé. Le susurré al oído que todo iba a salir bien, que lo suyo con Guillermo se arreglaría porque era un tipo estupendo y estaban hechos el uno para el otro. Ella me dijo iba a ser el mejor padre del mundo, que es normal estar asustado pero ningún niño nace con manual de instrucciones y que lo bonito de esta etapa era el aprendizaje y el amor.

La atraje hacia mí de nuevo. Nos sonreímos. Ella me acarició la comisura de los labios con el pulgar mientras se mordía el labio. Yo deslicé mi mano por su desnuda espalda a la vez que ella se acercaba a mi para besarme. Al separarse Lucía me preguntó con voz triste porque nuestra historia no funcionó. Yo sin embargo le sonreí, la miré a los ojos y le dije: Lucía, nuestra historia es sempiterna. Y la volví a besar.