37 días

Querido amor,

Hago balance de mis días sin ti. Rozo con la yema de mis dedos las heridas que me dejaste en el alma hace ya 37 días. Y las acaricio con dulzura y cierta melancolía mientras echo de menos el sonido de tu respiración acompasando la mía.

Éramos una pareja indivisible, un único ser separado en dos corazones unidos por un hilo rojo invisible. Y hace 37 días decidiste cortarlo, provocando una sangría en mi cuerpo dejándome malherida. Poco importaron mis llantos, ni mis súplicas para que te quedaras a mi lado, la tormenta había estallado y la única que se estaba empapando era yo.

Cuando cerraste la puerta provocaste un auténtico terremoto dentro de mí. Grité y lloré. Te odié y te amé. Y a pesar de eso, he estado esperándote en nuestra casa. Paciente. Cada día he ensayado frente al espejo esa media sonrisa que tanto te gustaba de mí. Me decías que te volvía loco, que te excitaba. Que cuando te sonreía de esa manera yo era tu dueña.  Me he sentido ridícula en muchas ocasiones pero quería que fuera perfecto. Pero de tanto forzar he perdido mi esencia, ya no sé sonreír. No de esa manera.

He escrito mentalmente cada una de las palabras que te diría en el momento de que llamaras a la puerta. Me convertí en guionista de una vida inventada que yo misma había creído real. Pero es que… ¡Quería decirte tantas cosas! Y ahora mismo no recuerdo ninguna de esas frases que me rompieron en dos mientras las escribía con la sangre de mis heridas.

Cada noche he preparado cada una de tus comidas favoritas y la acompañaba con una botella de vino que terminaba bebiendo sola en el suelo del salón. Nuestro salón, ese que tantas veces nos vio desnudos y riendo, ahora me ha visto sola y borracha durante 37 largas noches. Nuestro salón me ha visto arrastrarme por la alfombra, con la máscara de pestañas corrida y los ojos vacíos de lágrimas. 

Me he preguntado cada uno de estos 37 días qué nos pasó. Qué sucedió para que decidieras no apostar por nosotros. Qué sucedió para que rompieras en pedazos cada una de las promesas que nos hicimos. Nos queríamos. Al menos yo sí te quise. Yo sí te quiero. Sí, aún te quiero. Pero no de la misma manera. Estos 37 días con sus 37 noches me han servido para vaciarme por dentro. Para buscarme entre la tristeza en la que me sumergí tras tu partida. Estaba perdida. Perdida sin ti. 

He comenzado a desnudar las paredes de recuerdos, a recoger nuestras fotos y a guardar los buenos momentos que algún día pertenecerán a un pasado feliz. Me encontré, cariño. Sí, estaba sola sin ti y por fin me encontré. 

Hoy comienzan a cicatrizar esas heridas que me dejaste. Y créeme que, aunque a veces me duelan, aunque a veces sangren, sé que con el tiempo formarán parte de mi.

Cuídate, mi amor.

Vacío en mi interior

Puso sus manos sobre su vientre mientras una lágrima fluía lentamente por la mejilla derecha. Hace tan solo unos días, en ese vientre dormía su joya, su diamante, su tesoro más preciado. Hoy, sin embargo, está vacío. Igual de vacía que su alma. Igual de vacíos que sus ojos. La tristeza la consume por dentro y por fuera. Ni siquiera su marido es capaz de consolarla. Él, que está roto por dentro debe demostrar entereza frente a ella y no sabe cómo frenar el salto al vacío que el azar les ha obsequiado. Le coge de la mano de forma cariñosa, pero ella no muestra ningún tipo de sentimiento recíproco.  Le limpia esa lágrima, que ha llegado a la comisura de los labios. Ese ligero roce de la piel de él en su rostro le provoca un escalofrío que le hace volver en sí. Levanta la cabeza y por primera vez en días sus miradas se cruzan. Él emite una triste sonrisa, temeroso de la respuesta de ella. Y por fin, tras largos días grises, es recompensado con otra sonrisa, la primera de las muchas que vendrán.

Influencer

Llevaba horas preparando las maletas. Viajaba a París por trabajo y tenía que cuidar minuciosamente su imagen. Le esperaba una semana repleta de eventos, desfiles de moda y varios photoshoots promocionales. Cualquier adolescente estaría encantada de ponerse en su lugar. Era una privilegiada, o eso pensaba el resto de la sociedad. Pero su profesión no le permitía queja alguna. Nadie imagina lo difícil que es mostrar el lado bonito de la vida cuando estás rota por dentro. Se situó frente al espejo vestida con un look muy casual acompañada de su equipaje y se hizo un selfie. Tras un pequeño retoque, la subió a instagram junto con un buen puñado de hashtags. Los likes y comentarios no cesaron. Uno le llamó especialmente la atención: ‘Qué suerte tienes, ojalá fuera tú’. Ella respondió: ‘No es oro todo lo que reluce’. Acto seguido un aluvión de críticas sacudieron su teléfono y su cuerpo. Lloró. Lloró muchísimo. Cuando estuvo vacía de lágrimas, cogió el móvil, eligió un filtro que le borrara las penas que colgaban de su rostro y se hizo una nueva foto. Esta vez la subió a su instagram stories con el texto ‘París, espérame que voy’.

Cliente insatisfecho

Permanecía inmóvil en aquella incómoda silla, a pesar de la sangre que le caía a través de la comisura de los labios. Esos labios carnosos que hacía apenas unas horas estaban trabajando. Recibió un nuevo golpe, esta vez en el costado. Quizá ya tenía un hueso roto. Ella sin embargo no emitía ningún sonido, ninguna queja, nada. Solo permanecía a la espera del siguiente. ¿Cuál había sido su pecado? La insatisfacción de un cliente. Eso había provocado el enfado del Jeque y decidiera darle una paliza para escarmentarla. No era la primera vez que la castigaba, pero quizá fuera la última y eso la llenaba de felicidad. Tras una fuerte embestida en el oído derecho levantó la vista. Sus miradas se cruzaron por primera vez. Ella escupió sangre, él se crujió los dedos uno a uno. Se estaba preparando, ambos lo sabían. Ella le sonrió dejando a la vista sus dientes rojos. El Jeque levantó su mano derecha y la golpeó con tal violencia que le hizo caer al suelo. La levantó y la volvió a colocar en su posición inicial. Esta vez fue él quien sonrió mostrando su colección de dientes de oro. Se preparó para el golpe final.

El último café

Las costumbres adquiridas a lo largo de los años era difícil perderlas. O eso pensaba Gaspar, que siempre desayunaba un café con leche muy caliente acompañado de una tostada con queso mientras leía el periódico. Era metódico y cuadriculado y todo ello casaba perfectamente en su puesto de director financiero en una gran empresa.

Dejó de parpadear al tiempo que derramaba el café sobre sus pantalones. Ese titular le había dejado en shock.

Comenzó a abrir cajones y a sacar papeles. Rompía algunos, otros los reservaba. El teléfono sonó y respondió con brusquedad. 

-Sí, lo he visto. Nos largamos.

Colgó sin esperar respuesta. Una décima de segundo más tarde escuchó tres enérgicos golpes en la puerta. Dio un paso atrás cerciorándose de que había llegado el final. En ese momento, la puerta se vino abajo dejando entrar a un puñado de policías y guardias civiles.

-Está usted detenido.

Relato finalista al concurso Café Maurice (17). Léelos todos AQUÍ.

Buenos días

Hay días en los que no me levanto. Mis piernas sí, flotan suavemente sobre el suelo frío de la habitación dirigiéndose lentamente hacia el cuarto de baño. Pero mi cerebro sigue en la cama, dormido junto al corazón. Abrazándose en posición fetal, haciendo la cucharita. Y se está tan bien… que maldigo al despertador por partir mi cuerpo en dos. Por dejar que mis pensamientos y mi alma descansen solos sobre un colchón. Por dejar que mi cuerpo camine como zombie por la casa. Hay días que sería preferible no despertarse. Quedarse durmiendo 48 o 72 horas tampoco debería suponer una penalización en el estatus de persona cuerda. Pero, ¿quién dijo que soy normal? Si vivo en un manicomio a las afueras de la ciudad.

Una página en blanco

La mirada fija, sin apenas pestañear. Hacía semanas que había cambiado el café de las dos de la mañana por una, o varias, copas de vino. Esa imagen bucólica que acompaña siempre a los grandes escritores que beben café mientras escriben grandes novelas no iba conmigo. O al menos no me había funcionado. Quién sabe. Puede ser porque no soy una gran escritora, ni escribiré grandes novelas o simplemente porque no me gusta el café. Lo había intentando, de verdad, pero no había manera de concentrarse con ese espantoso olor que ocupaba mis fosas nasales provocando, en ciertas ocasiones, terribles arcadas. Tampoco me gustaba el te, ni cualquiera de esas hierbas que tan de moda estaban.

Pero, a pesar del destierro del café, allí seguía. Estancada frente a una página en blanco. Sin saber qué contar, o mejor dicho, sin saber cómo contarlo. 

La falta de inspiración la cubría con una buena dosis de tinto que, la mayoría de las veces, me dejaba noqueada en el sofá hasta bien entrada la mañana. 

Llevaba meses intentando por orden a mis ideas, y mientras lo hacía, mi vida era cada vez más caótica. Mi último novio [o pseudonovio] se largó, harto de mis lloros y mis continuas quejas. Y no le culpo. En ocasiones, soy yo la que huiría de mí misma. Y a mi familia se les empieza a agotar la paciencia. Dejé mi trabajo para dedicarlo a mi sueño y sin embargo vivo mendigando dinero a mis padres desde hace más de nueve meses. 

Sé que debería replantearme mi vida, o la historia que quiero contar, o algo. Lo que sea.  Que no puedo continuar así. Lo sé. Soy consciente de ello. Pero ahora mismo, lo único que necesito es rellenar esta copa de vino y tumbarme en el sofá. Mañana empiezo. O eso creo.

Adicta

Una secuencia perfectamente ordenada de zapatos descansaba plácidamente sobre el suelo de su habitación. Le había llevado horas sacarlos de sus cajas y armarios. Nuria podía usar unos zapatos cada día durante tres meses sin repetir par. Aún así, los observaba cual tesoro y pensaba cuál sería el siguiente par en adquirir. Recibía constantes críticas por tener una colección excesivamente cara, pero ella hacía oídos sordos a tales comentarios. Había discutido en innumerables ocasiones sobre ese afán de gastar la mitad de su sueldo en zapatos. ‘Tú sales a cenar cada fin de semana, yo visto mis pies’. Esa era una de las respuestas que daba hasta que finalmente se cansó. El silencio y la sonrisa le hacían más feliz que sumergirse en discusiones estúpidas que no llevaban a ningún lugar. Nadie la entendía, pero eso a Nuria le preocupaba cada vez menos. 

Esa tarde decidió que debía poner un poco de orden. El cambio de estación estaba a la vuelta de la esquina y se había propuesto reorganizar su zapatero. Era minuciosa. Demasiado para su gusto. Pero ese defecto ya formaba parte de su vida y le acompañará hasta el fin de sus días. Colocó botas y botines en el estante inferior, dejando espacio en las baldas del centro para las sandalias y cuñas, más a mano, para llevar durante el verano que estaba a la vuelta de la esquina. Tacones de todas las alturas, diseños muy cuidados de un sinfín de marcas y diseñadores más que conocidos. Todos ellos fueron colocados de forma cuidadosa en cada uno de los estantes del zapatero. 

Cuando hubo terminado, Nuria dio un par de pasos atrás para coger una amplia perspectiva que le permitiera observar su creación de forma óptima. No quería perderse nada. Cada detalle fue tratado de forma especial. Y allí, a la derecha de los Jimmy Choo, en el tercer estante, colocaría su próxima adquisición. Unos Manolos rosa empolvado de un tacón de 7 cm que había echado el ojo un par de semanas atrás. 

Volvería a recibir críticas, pero eso a Nuria, le resbalaría sobre el charol de sus nuevos Manolos.

Zarzuela

Se despertó, y como un acto reflejo, cogió el móvil y empezó a navegar entre sus perfiles de las redes sociales. Yo estaba acostada a su lado. Seguía durmiendo, o al menos, lo intentaba. Estaba acostumbrada a madrugar mucho y los fines de semana, a pesar de que lo intentaba, me despertaba prácticamente a la misma hora. Él decidió que ya era hora de levantarse y yo me hice un poco la remolona, tratando de apurar al máximo el tiempo en la cama. Conectó el móvil al altavoz. Me preguntaba qué música pondría. Cada día era distinto. ¿Música clásica? ¿Extremoduro?¿La banda sonora de Piratas del Caribe? Pero esta vez me sorprendió. 

Estaba en el coche, medio acostada, con las piernas prácticamente encima de mi hermana. Ya casi habíamos llegado. El almacén de Tono se divisaba a lo lejos y a mi izquierda observaba a los niños y las niñas jugando en los campos mientras los padres tomaban algo fresco en el bar de la piscina. Atravesamos la calle principal hasta llegar a una pequeña plaza donde mi padre aparcó el coche. 

Abrimos la puerta y salimos corriendo. Como siempre la puerta de casa estaba abierta. En cuanto cruzamos el descansillo la música me envolvió. Sonaba en toda la casa. La zarzuela comenzó a recorrer cada poro de mi piel y sonreí con alegría. Cuando abrí la puerta que separaba la entrada del comedor, allí lo encontré. Paseando de arriba a abajo con los brazos cogidos detrás de la espalda y respirando cada nota que sonaba por todos los altavoces de la casa. No nos oyó entrar. ¿Cómo iba a hacerlo? Si allí debían de superarse el máximo de decibelios permitido en una vivienda. En ese momento se giró y nos vio allí plantadas. Su cara cambió mostrando una enorme sonrisa mientras abría sus brazos lo máximo que podía. Como siempre empezó a patalear suavemente, se agachó para ponerse a nuestra altura y emitió el sonido ‘ta ta ta ta’ esperando a que nos abalanzáramos sobre él y nos fundiéramos en un fuerte abrazo. Y eso fue lo que realmente ocurrió. 

Mientras permanecimos abrazados me dijo:

-La abuela está en la cocina, preparando la comida.

-¿Y qué hay para comer?

-¿Tú que crees? 

Y salí pitando camino a la cocina, donde se encontraba mi abuela, con un delantal cosido por ella mientras canturreaba alguna de las canciones que sonaban. Me asomé al horno y lo vi y no pude más que emitir un grito de alegría y abalanzarme sobre mi abuela para darle el más fuerte de los abrazos y besos.

-Pero si a ti no te gusta el arroz al horno. – Me dijo con guasa.

Sobre la mesa había una tarta de Santiago, que por lo caliente del molde, debía de estar recién hecha. Mientras observaba toda la cocina, mi abuela me pidió que le trajera un brick de leche. Volví a cruzar el comedor donde mi padre hablaba con mi abuelo al tiempo que éste bajaba el volumen de la música. Cuando llegué a la despensa que estaba situada bajo la escalera encendí la luz. Desde allí apenas se escuchaba la zarzuela…

-Oye cariño, ¿te vas a levantar hoy? El café se enfría.

-Si si, ya voy.

-¿Qué tienes pensado que hagamos hoy para comer?

-Arroz al horno. Y voy a hacer una tarta de Santiago de postre.

La tormenta

-Hola.

-Hola.

Esas fueron nuestras primeras palabras tras una semana sin saber nada el uno del otro. Fueron unos pocos segundos el tiempo que nos mantuvimos la mirada. Unos pocos segundos que se alargaron en el tiempo pareciendo largos minutos. Sus ojos azules penetraban en los míos de una manera que casi me hacían sentir dolor.

-¿Puedo pasar? – Me preguntó.

-Sí, claro – Y me aparté de la puerta dejando que entrara en la que, hasta hacía una semana había sido su casa. 

Cerré la puerta, pero él no pasó más allá del vestíbulo donde se apilaban varias cajas de cartón y un par de maletas. 

Crucé los brazos y me encogí, me hice muy pequeñita a su lado. Intentábamos evitar los ojos del otro, pero en ocasiones suponía un esfuerzo sobrehumano. A veces era yo quien le miraba, otras veces era él quién me miraba a mi. No encontrábamos las palabras. Nos vaciamos de ellas aquella noche, cuando estalló la tormenta. Esa que llevaba tiempo vagando por nuestras vidas. Esa tormenta que a veces mostraba algún claro de sol y nos provocaba trazos de confusión e ilusión a partes iguales. Esa tormenta que comenzó a fraguarse con el paso del tiempo y que no supimos esquivar. Hace una semana nos llovió encima y dejamos escapar nuestros miedos y nuestros sentimientos. Esos que, de haber sido compartidos, los hubiéramos enmarcado y guardado en nuestro cofre de tesoros. Pero quisimos almacenarlos y coleccionarlos individualmente y cuando quisimos compartirlos nos los lanzamos a la cara como flechas punzantes intentando provocar más herida en el otro que en uno mismo. Nos fuimos apagando, de eso no había ninguna duda. Pero ninguno de los dos tuvo el valor ni las ganas de prender de nuevo la llama. 

Ahora solo nos quedaba terminar con esto con la mayor entereza posible, sin salir heridos, sin rasguños y solo guardando en nuestro cofre los buenos momentos que habíamos compartido durante todo este tiempo.

Le busqué con la mirada y le dediqué una medio sonrisa con la esperanza de que él me la devolviera. Y así lo hizo. Me sentí en paz.

-Espero que todo te vaya muy bien, a pesar de todo eres y siempre serás una persona muy importante en mi vida – Me dijo sin apartar sus ojos de mi.

-Tú también, cuídate – Y me acerqué a darle un abrazo. 

Nos quedamos pegados unos pocos segundos que se alargaron en el tiempo pareciendo largos minutos. 

Así éramos. Así fuimos. Habíamos tratado de vivir deprisa, sin pararnos a respirar ni a mirarnos y se nos acabó el tiempo. 

Le vi marcharse, y cuando cerré la puerta comencé a llorar. Lloraban mis ojos, mi corazón y todas y cada una de mis heridas. Pero sabía que a partir de ese día comenzarían a cicatrizar.