Único culpable

Le aparté el pelo mientras ella vomitaba. No era la primera vez que nos encontrábamos en aquella misma situación. Achacaba al estrés el hecho de que en ciertas ocasiones tuviera crisis de ansiedad tan fuertes que le provocaba vómitos de sangre acompañados de mareos. Pero yo sabía que había algo más. No quería presionarla, solo quería mostrarme cercana a ella. Estar a su lado hasta que estuviera segura para revelarme qué sucedía. Cuando hubo terminado y se sintió un poco mejor, le propuse salir a la calle a que nos diera el aire. Eso le vendría bien.

Nos sentamos en el banco que había a la salida. Yo simplemente le puse mi mano sobre su pierna en señal de cariño y demostrarle que seguiría ahí a su lado. Hasta que decidiera hablar. Las dos mirábamos de frente y estuvimos un buen rato en silencio. Normalmente esto era lo que sucedía, y tras varios minutos en la misma posición, regresábamos a clase. Pero esta vez fue diferente.

-Cuando tenía nueve años mis padres se separaron. – comenzó – mi madre se casó con un hombre más mayor, que tenía un hijo cinco años más mayor que yo. Mi padre no quiso saber nada de mi. – giré la cara hacia ella para observarla pero ella seguía con la mirada al frente, perdida. – Mi madre comenzó a trabajar en un bar y casi todas las tarde estaba en casa sola con el novio de mi madre y su hijo. Un día, mientras me duchaba escuché cómo se abría la puerta del baño y al correr la cortina los ví mirándome. Me tapé con la cortina como pude pero ellos seguían mirándome y sonriendo. No dijeron nada y se fueron.

Ví como sus lágrimas empezaban a brotar de sus ojos pero su voz no se quebraba.

-Empecé a tener miedo de quedarme sola con ellos, pero mi madre se ausentaba todas las tardes y llegaba a la hora de cenar. – continuó – Otra tarde estaba en mi habitación preparada para ponerme el pijama y los dos entraron sin llamar. Me obligaron a desnudarme delante de ellos y me tocaron. No llegó a más porque la hora de la llegada de mi madre estaba cerca. Tenía once años, no sabía qué hacer. ¿Y si no me creía nadie? ¿Y si mi madre se ponía del lado de esas dos bestias?. Comencé a usar el cerrojo en todas las puertas de casa. Pero una vez, en el baño me descuidé. Entraron y me golpearon. En el suelo me quitaron la ropa y cuando estuve desnuda me obligaron a que les chupara… la polla… y luego me violaron los dos, un rato cada uno. Yo no dejaba de gritar, pero ellos seguían entre risas hasta que descargaron todo sobre mi. Cuando terminaron se fueron y me quedé tirada sobre el suelo. Me sentí sucia y sola. No tenía a nadie. En la ducha rasqué mi cuerpo hasta que casi salió sangre. Quería quitarme el olor y el recuerdo de esas dos bestias sobre mí. A los dos días se lo conté a mi madre y ¿sabes lo que me dijo?

Y esta vez se giró hacia mí, tenía los ojos rojos llenos de lágrimas. Yo respondí que no con la cabeza y ella contestó:

-Me dijo que la culpa era mía, por pasearme en bragas por casa, que les iba provocando y que debería ser más recatada. Me violaron más veces, algunas juntos, otras por separado y mi madre lo sabía. Hace dos años me fui de casa y ahora vivo con mis tíos. A veces me llaman y me amenazan que volverán a por mí y cada vez que ocurre vuelven los ataques de ansiedad. Yo solo quiero que me dejen en paz. Que me dejen vivir.

Con el corazón encogido la abracé fuerte y le dije que iba a estar a su lado, que no importaba la ropa, que no importaban las palabras y sobretodo, que en una violación, el único culpable es el violador.   

El otro cuento

Y tras enfrentarse a dragones y orcos,

Por fin llegó a la torre del castillo

Donde debía darle un beso

Al amor de su vida y así romper el hechizo

Se acercó lentamente,

Juntó los labios con los suyos y dijo:

-Despierta, príncipe, que hay mucho mundo por recorrer.

Conversaciones en el ascensor (III)

Cerré la puerta con fuerza y llamé al ascensor. Eran las seis y cuarto de la tarde y la clase empezaba a las seis y media. Por fin llegaría a tiempo y el monitor no me lo echaría en cara. Siempre llego tarde a todos lados. Hasta a mi clase de spinning. Y el monitor, un portugués de casi dos metros, se metía conmigo cada día. Me llamaba ‘la chica de las medias clases’. Al principio pensaba que estaba ligando conmigo, pero cuando le vi una noche comiéndole la boca a un rubio macizorro comprendí que realmente me tenía manía. Y no le culpo. No debe ser agradable comenzar una clase y que la interrumpan cuando llevas diez o quince minutos de subida intensa encima de la bicicleta. Y sobretodo, que siempre sea la misma persona, o sea yo, la que lo haga. Hoy me ganaría un elogio por su parte y lo estaba deseando.

Entré al ascensor y pulsé el cero. En cuanto las puertas comenzaron a cerrarse… ‘JODER, LAS CALAS’. Dejé la mochila en el suelo y comencé a abrir todos los bolsillos. ‘Por favor, que mis zapatillas de spinning estén aquí dentro, por favor, por favor’. Me decía a mi misma mientras sacaba casi todo el contenido de mi bolsa de deporte y lo dejaba sobre el suelo del ascensor. 

No me di cuenta que me había detenido en el cuarto y al abrirse las puertas, ahí estaba él. EL VECINO. Fran:

-¿La influencer está con el cambio de armario?

En ese momento me percaté del caos que había montado en treinta segundos. Mi toalla, bolsa de aseo, ropa de deporte,… y Fran mirándome con esa sonrisa que tanto había echado de menos. Se me olvidó qué estaba buscando. Ah si, mis calas. No sabía qué decir ante semejante panorama. Le miré y añadí:

-Pues que he olvidado mis zapatillas de spinning – mientras lo confesaba metí todo de nuevo en la mochila y me ponía de pie, a su altura – Y voy a tener que subir de nuevo.

-Si quieres te acompaño y te ayudo a buscar – dijo con voz muy sexy mientras a mi se me mojaban las bragas. Se acercó a mí y me susurró al oído – Si has montado todo esto en un momento aquí, no me puedo imaginar como estará tu casa.

Notaba como su respiración golpeaba mis labios. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa.

-Soy una chica muy ordenada, aunque no lo parezca. -conseguí decir.

-Y muy cuidadosa, ¿aún conservas tu sudadera de Cobi? – Me dijo mientras se acercaba más a mi. A nuestras bocas les separaba menos de un palmo y yo estaba deseando morder esos carnosos labios.

-La tengo guardada para una ocasión especial – Y esta vez fui yo la que me acerqué a él mientras le mostraba media sonrisa picarona.

-Muero por quitártela – Me dijo muy bajito al oído mientras me pasaba su mano por la espalda acercándome a él. Estábamos tan cerca que entre nosotros no cabía ni una hoja de papel. Nos miramos una décima de segundo y sin pensarlo dos veces nos buscamos los labios con ansia. Fue un beso húmedo. Muy húmedo. Nuestras lenguas jugaron mientras mis braguitas se empapaban. Empecé a notar su erección cuando el ascensor se detuvo en la planta baja. Mientras las puertas se abrían, nosotros nos separamos. El aguantó la puerta con los pies sin apartar la vista de mi. Habíamos dejado de comernos con la boca pero seguíamos comiéndonos con la mirada.

-¿Estás segura de que no quieres que te acompañe a buscar tus zapatillas?

Le dije que sí con la cabeza aunque lo único que quería era volver a morder esos labios. ¿Por qué este ascensor es tan rápido? 

-Sigo sin saber tu nombre – me preguntó

-Ya te lo dije, tú pones el vino y yo a Cobi y hacemos las presentaciones oficiales.

-El vino hace meses que lo tengo preparado. Pero no voy a esperar a volver a coincidir contigo en el ascensor. Si hace falta llamaré puerta por puerta hasta que me abras. 

-Te estaré esperando.

Y con esa frase llena de ansia y deseo nos despedimos. La puerta se cerró y el ascensor comenzó a elevarse. Mi corazón aún seguía latiendo con fuerza. Joder con el vecino, consigue poner patas arriba mi caótica vida, con lo tranquila que estoy con en mi caos.

Entré a casa, metí las zapatillas en la mochila y me cambié la ropa interior. Miré el reloj y ¡mierda, otra vez iba a llegar tarde al gimnasio!

Conversaciones en el ascensor (II)

Siempre llegaba tarde a todos lados. Siempre. Ya podía levantarme con un margen suficientemente amplio de tiempo que me permitiera llevar con calma la mañana, que algún imprevisto sucedía. Había comenzado a asumir ese defecto. Mis familiares y mis amigos más cercanos ya me daban por perdida, pero lo que apenas me conocían se llevaban una mala impresión.

Pero esa mañana todo iba a cambiar. Tenía una entrevista con una prestigiosa firma de cosméticos que querían cambiar su imagen corporativa. Habían visto mi portfolio en mi web e Instagram y les había gustado.

Me vestí para la ocasión. Vestido midi de tubo en color negro y unos tacones de 10cm de color mostaza. Maquillaje y pelo muy sencillo aunque me llevó un par de horas lograr el resultado que quería.

Cogí mi portátil y la agenda y lo metí en mi maletín. Le eché un último vistazo a mi look en el espejo de la entrada. Todo estaba perfecto. ¿Que podía fallar? Cogí mi taza de café hermética y salí de casa.

Cuando estuve dentro del ascensor, saqué el móvil del bolso y comprobé que no tenía ningún correo cancelando la cita. En ese momento el ascensor se detuvo en el cuarto. Las puerta se abrieron ahí estaba de nuevo él, EL VECINO. Iba vestido con chándal y zapatillas y llevaba una mochila nike colgada del hombro. En cuanto me vio me miró de arriba a abajo y sonrió.

-¡Pero si la influencer del edificio! ¿Dónde te has dejado a Cobi?- Dijo mientras entraba en el ascensor y pulsaba el botón de la planta baja.

-Hola estilista. -Respondí metiendo el teléfono en el bolsillo exterior de mi maletín.-Cobi se ha quedado durmiendo en casa.

-Una lastima, Cobi te realza la sonrisa. -Me dijo apoyando su mano sobre una de las paredes del ascensor. Me sonrojé y mis braguitas empezaron a vibrar. Dios mío, necesito tranquilizarme. Hoy es un día muy importante – Tengo la botella de vino preparada, por cierto.

Me sorprendió que aún se acordara de nuestra última conversación en el ascensor. Habían pasado dos meses y desde entonces no nos habíamos vuelto a cruzar. No se en que trabajaba este chico, pero desde luego su horario y el mío no eran muy compatibles.

Se acercó un poco más a mi. Nuestros rostros estaban separados por algo más de un palmo. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa y él parecía estar muy tranquilo. Desde donde estaba seguro que podría escuchar mi corazón latir con fuerza. Hasta con el chándal estaba guapo, maldito cabrón.

-¿Me vas a decir cómo te llamas? – Me susurró al oído con una voz muy sexy.

-Ya te lo dije, te lo contaré un día tomando un vino. -Aunque mi tono de voz sonó directo y firme, estaba como un flan.

El se separó un poco de mi, me sonrió y me dijo:

-Yo pongo el vino y tú tráete a Cobi.

En ese momento el ascensor paró en la planta baja. Se colocó su mochila y en cuanto se abrieron las puertas salió. No sin antes añadir:

-Y no te olvides de tus pantuflas.

Será cabrón, pensé. Las puertas se cerraron y yo me quedé ahí, con cara de idiota reviviendo ese momento en el que la boca de Fran estaba a un palmo de la mía. Necesitaba calmarme. No podía ir tan acelerada a la entrevista. Cuando me senté en el asiento del coche cerré los ojos y respire hondo un par de veces. Cuando ya parecía que estaba más relajada fui a encender el motor del coche con tan mala suerte que golpeé la taza de café derramando todo el liquido sobre mi vestido. ¡¡MIERDA MIERDA MIERDA!! Saqué un par de pañuelos para intentar secar semejante desastre. Pero no había nada que hacer. Otra vez iba a llegar tarde. 

Conversaciones en el ascensor (I)

Una gran bolsa llena de plástico y cartón descansaba sobre el suelo de la cocina. Había estado acumulando los envases durante días y no veía el momento de llevarlos al contenedor del reciclaje. Eran las dos de la mañana de un miércoles y decidí que, tras horas frente al ordenador, era una buena oportunidad para bajar y así, de paso, airearme un rato.

Me miré al espejo. Parecía una pordiosera sacada de un basurero. Pantalones de chándal, zapatillas de estar por casa y sudadera de Cobi 92. ¿De verdad iba a cambiarme para 2 minutos? Por supuesto que no. Cogí las llaves de casa y me fui. Por suerte el ascensor estaba en mi piso y no tuve que esperar nada. Pulsé el cero y el ascensor comenzó a descender. Me miré al espejo. ‘¡Dios, como alguien me vea! ¡Esto no tiene perdón!’ Y de repente el ascensor se detuvo en el cuarto. ‘¡Joder!’ Fue lo primero que pensé mientras echaba unos pasos hacia atrás, quería desaparecer. Las puertas se abrieron y apareció EL VECINO. ‘¡¡LA HOSTIA PUTA!! ¿Esto es real?’ Llevaba unos vaqueros algo ceñidos con botas moteras, su chupa de cuero y el pelo despeinado a juego con su barba de tres días. Y yo… ¡YO ME QUERÍA LARGAR DE ALLÍ! El entró con la cabeza gacha mirando su móvil. ‘Igual tengo suerte y no levanta la vista’. Se giró para meter la llave y pulsar el botón del semisótano. Mirando su móvil, se dio la vuelta y me observó disimuladamente. Vi que sonreía mientras guardaba su móvil en el bolsillo. 

-Bonita sudadera, ¿es nueva?

Un calor inmenso me recorrió el cuerpo mientras él me escaneaba de arriba a abajo sin cortarse un pelo.

-Tu que eres, ¿el gracioso del edificio? – Le dije muy molesta. ¿Cómo tenía la vergüenza de burlarse de mí?

-Y tu debes ser la influencer, me encanta tu look vintage. -Su sonrisa seguía en su rostro. Dios, ¿cómo podía estar tan bueno?

-No querrás que me ponga los tacones para tirar la basura, ¿no? – Estaba indignada, cachonda pero indignadísima. ¿En serio se estaba riendo de mi?

-Pues unos tacones con la sudadera de Cobi no se si funcionarían tanto como esas pantuflas rosas que llevas.

Me miré los pies y ahí estaban. Mis zapatillas de estar por casa fucsia, con una borla en diferentes tonos de morado y rosa palo. ¿Qué me costaba ponerme mis nike? Levanté la vista y le vi observándome mientras su sonrisa seguía impresa en su maravillosa y perfecta cara.

¿Por qué este puto ascensor era tan lento? ¿Cuánto tiene llevaba ahí dentro, 3 horas? ¿Y por qué cada uno de sus comentarios me provocaba esos calores?

-Mira, además de gracioso, estilista. ¿alguna profesión más tiene el señor?

-Eso te lo contaré una tarde mientras nos tomamos unos vinos. -Su propuesta me dejó en shock. ¿En serio estaba ligando conmigo? ¿Vestida de Cobi 92? 

El ascensor se detuvo en el momento justo. Las puertas se abrieron y él salió para dejarme paso. 

-Bueno, ¿qué me dices? – Me insistió. Yo ya me había alejado un par de pasos.

-Antes de quedar con nadie acostumbro a preguntar el nombre. 

-Soy Fran, vivo en el cuarto. -Me dijo mientras ponía el pie en la puerta del ascensor para evitar que se cerrara. ¿Y tú eres…?

-Te lo diré una tarde mientras nos tomamos unos vinos. – Repetí su frase mientras sonreía y me alejaba. No vi cuando se iba pero se que estuvo mirándome hasta que desaparecí en la distancia. Bajé la mirada, vi a Cobi, le acaricié y le susurré: ‘¡Ay! Por culpa de Marie Kondo estuve a punto de tirarte a la basura. Siempre serás mi sudadera favorita’.

Sumergida entre letras

Aún recuerdo aquel cuento que escribí con 8 años.  ‘Las zapatillas mágicas’. Aún lo conservo, al igual que conservo esa pasión por las letras. Cuando era pequeña me hacían la típica pregunta que le hacen a todos los niños y niñas:  ¿Y tú, qué quieres ser de mayor? Mi respuesta siempre era: ‘Quiero ser escritora’. Al principio las caras eran la misma como cuando un niño o niña dice que quiere ser astronauta. Pero con el paso de los años, viendo que mi respuesta seguía siendo la misma me dejaban caer: ‘Pero además de escribir, ¿en qué quieres trabajar?

Así que busqué una profesión pensando que, un escritor no vive de sus libros. Lo cierto es que, la gran mayoría no lo hacen. Ahora soy consciente de ello. Cuando tenía 14 años y tuve que elegir optativas y me decanté por aquellas que tienen relación con las letras. Decidí que, si quería escribir un libro, debía estudiar una carrera relacionada con ellas. Escogí periodismo. Vi que muchos periodistas tenían libros publicados, y escribir en un periódico o una revista era escribir, al fin y al cabo. Así que esa fue mi elección. Pero al ver mis notas, todas las asignaturas de ‘números’ tenían calificación excelente y las de ‘letras’ algo más bajas, notables. Siempre he sido muy buena estudiante. El verano de los 16, cuando había entregado ya la solicitud de itinerario para bachillerato, le dije a mi padre que cambiaba el Humanístico y Social por el bachillerato Tecnológico. ¡Vaya cambio! Pasaba de tener Historia del Arte y Filosofía a tener Tecnología y Mecánica. 

Al final de toda mi trayectoria en el instituto, me matriculé en la carrera de informática y acabe obteniendo el título de ingeniera superior en Informática. 

Nunca he dejado de leer. Nunca he dejado de escribir. La lectura siempre (o casi siempre) la he compartido. He compartido mis gustos, he recomendado libros, y he comprado más novelas de las que puedo leer. 

Sin embargo, escribir… he tenido mis más y mis menos. El hecho de estudiar una ingeniería me frenó. Posiblemente por el mal concepto adquirido de que solo escriben aquellos que han estudiado carreras de letras y que yo, jamas podría hacerlo por no haberme formado como es debido. 

Hace casi tres años atravesé un momento en mi vida muy delicado que me hizo replantearme muchos aspectos de mi vida. Y comencé a escribir de nuevo. Pero sobretodo, comencé a compartirlo. Ese siempre fue mi gran problema. La gran roca que estaba en mitad del camino. El hecho de que alguien me lea siempre ha supuesto un gran inconveniente para mi. La inseguridad me pesa demasiado.

Pero no me he ido, puedo decir que jamás me fui. Aquí sigo, cerca de ti, sumergida entre letras… ¿Me lees?