Los domingos

Los domingos

Son para rozarnos los pies con la punta de los dedos

Son para cogernos de la mano mientras yo leo y tú duermes

Son para mirarnos mientras entra el sol por la ventana

Son para besarnos mientras pasan los minutos

Son para hacer el amor mientras pasan las horas

Los domingos

Son para nosotros.

La chica del vestido rojo

Mi reloj marca las diez y media y como cada día paramos un rato nuestra faena para descansar y reponer fuerzas.

-Eh tú, universitario, ¿te vienes al bar? – me pregunta uno de mis compañeros.

-¿Este? ¿El bohemio? ¡qué se va a venir! – responde por mi otro de ellos.

Todos bajan las escaleras y yo en cambio subo al último piso del edificio y me siento junto a la ventana que da al este. A esa hora aún asoma el sol y no es demasiado caliente. Saco mi tupper de fruta y un libro. En esta ventana he leído a Dicker, Mola, Orwell, Montero, Lorca, Benedetti entre muchos otro. Y desde aquí la veo. A ELLA. A esa hora sale a su pequeño balcón a leer. La primera vez que la vi no pude dejar de mirarla. Llevaba un vestido rojo, largo, que bailaba al compás del viento que soplaba creando un espectáculo visual absolutamente maravilloso. Su pelo, largo y negro, seguía los pasos del vestido mientras ella trataba de domarlo. Era imposible no quedarse prendado ante tal escena. Desde entonces la observo y juego a adivinar el libro que se está leyendo. Y contemplo cómo sus manos acarician el libro con delicadeza mientras pasa las páginas con tal mimo que hace que se me erice la piel. En ocasiones se levanta para estirar su cuerpo y se queda mirando por el balcón unos pocos minutos. He sentido la tentación de llamarla más de una vez, pero la timidez me absorbe el pensamiento y no me deja materializar la novela sobre nosotros que ya he escrito en mi mente. El día que llevé conmigo ‘Crónica del desamor’ de Rosa Montero vi que habíamos coincido y comenzábamos una aventura juntos. Me hubiera gustado comentar la historia de las mujeres que aparecen en ese libro, pero me conformé con escribir nuestros diálogos y añadirlos a nuestra novela. Un día apareció con ‘Veinte poema de amor y una canción desesperada’ de Pablo Neruda y esa misma tarde pasé por mi librería a comprarlo. Desde entonces el poema 12 pasó a llamarse ‘La chica del vestido rojo’. ‘Algún día te lo recitaré al oído’ le digo.

“Para mi corazón basta tu pecho,

para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.

Llegas como el rocío a las corolas.

Socavas el horizonte con tu ausencia.

Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento

como los pinos y como los mástiles.

Como ellos eres alta y taciturna.

Y entristeces de pronto como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.

Te pueblan ecos y voces nostálgicas.

Yo desperté y a veces emigran y huyen

pájaros que dormían en tu alma.”

Besos

Nos dimos

Besos de paso.

De esos que emigran

Al acabar la estación.

De esos que hibernan 

Al llegar el calor.

Besos de pasión fugaz.

De esos que se van.

De los que no vuelven

Pero quedan tatuados

A fuego en nuestras pieles

Conversaciones en el ascensor (III)

Cerré la puerta con fuerza y llamé al ascensor. Eran las seis y cuarto de la tarde y la clase empezaba a las seis y media. Por fin llegaría a tiempo y el monitor no me lo echaría en cara. Siempre llego tarde a todos lados. Hasta a mi clase de spinning. Y el monitor, un portugués de casi dos metros, se metía conmigo cada día. Me llamaba ‘la chica de las medias clases’. Al principio pensaba que estaba ligando conmigo, pero cuando le vi una noche comiéndole la boca a un rubio macizorro comprendí que realmente me tenía manía. Y no le culpo. No debe ser agradable comenzar una clase y que la interrumpan cuando llevas diez o quince minutos de subida intensa encima de la bicicleta. Y sobretodo, que siempre sea la misma persona, o sea yo, la que lo haga. Hoy me ganaría un elogio por su parte y lo estaba deseando.

Entré al ascensor y pulsé el cero. En cuanto las puertas comenzaron a cerrarse… ‘JODER, LAS CALAS’. Dejé la mochila en el suelo y comencé a abrir todos los bolsillos. ‘Por favor, que mis zapatillas de spinning estén aquí dentro, por favor, por favor’. Me decía a mi misma mientras sacaba casi todo el contenido de mi bolsa de deporte y lo dejaba sobre el suelo del ascensor. 

No me di cuenta que me había detenido en el cuarto y al abrirse las puertas, ahí estaba él. EL VECINO. Fran:

-¿La influencer está con el cambio de armario?

En ese momento me percaté del caos que había montado en treinta segundos. Mi toalla, bolsa de aseo, ropa de deporte,… y Fran mirándome con esa sonrisa que tanto había echado de menos. Se me olvidó qué estaba buscando. Ah si, mis calas. No sabía qué decir ante semejante panorama. Le miré y añadí:

-Pues que he olvidado mis zapatillas de spinning – mientras lo confesaba metí todo de nuevo en la mochila y me ponía de pie, a su altura – Y voy a tener que subir de nuevo.

-Si quieres te acompaño y te ayudo a buscar – dijo con voz muy sexy mientras a mi se me mojaban las bragas. Se acercó a mí y me susurró al oído – Si has montado todo esto en un momento aquí, no me puedo imaginar como estará tu casa.

Notaba como su respiración golpeaba mis labios. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa.

-Soy una chica muy ordenada, aunque no lo parezca. -conseguí decir.

-Y muy cuidadosa, ¿aún conservas tu sudadera de Cobi? – Me dijo mientras se acercaba más a mi. A nuestras bocas les separaba menos de un palmo y yo estaba deseando morder esos carnosos labios.

-La tengo guardada para una ocasión especial – Y esta vez fui yo la que me acerqué a él mientras le mostraba media sonrisa picarona.

-Muero por quitártela – Me dijo muy bajito al oído mientras me pasaba su mano por la espalda acercándome a él. Estábamos tan cerca que entre nosotros no cabía ni una hoja de papel. Nos miramos una décima de segundo y sin pensarlo dos veces nos buscamos los labios con ansia. Fue un beso húmedo. Muy húmedo. Nuestras lenguas jugaron mientras mis braguitas se empapaban. Empecé a notar su erección cuando el ascensor se detuvo en la planta baja. Mientras las puertas se abrían, nosotros nos separamos. El aguantó la puerta con los pies sin apartar la vista de mi. Habíamos dejado de comernos con la boca pero seguíamos comiéndonos con la mirada.

-¿Estás segura de que no quieres que te acompañe a buscar tus zapatillas?

Le dije que sí con la cabeza aunque lo único que quería era volver a morder esos labios. ¿Por qué este ascensor es tan rápido? 

-Sigo sin saber tu nombre – me preguntó

-Ya te lo dije, tú pones el vino y yo a Cobi y hacemos las presentaciones oficiales.

-El vino hace meses que lo tengo preparado. Pero no voy a esperar a volver a coincidir contigo en el ascensor. Si hace falta llamaré puerta por puerta hasta que me abras. 

-Te estaré esperando.

Y con esa frase llena de ansia y deseo nos despedimos. La puerta se cerró y el ascensor comenzó a elevarse. Mi corazón aún seguía latiendo con fuerza. Joder con el vecino, consigue poner patas arriba mi caótica vida, con lo tranquila que estoy con en mi caos.

Entré a casa, metí las zapatillas en la mochila y me cambié la ropa interior. Miré el reloj y ¡mierda, otra vez iba a llegar tarde al gimnasio!

Mi loco

Eres tú, el loco que encontré

En mitad de mi camino

El que barre la tristeza

A ambos lados de la puerta

El que besa cada esquina

De estas cuatro paredes

A las que llamo piel

Cuyo techo se desprende 

De vez en cuando 

Y que juntos reconstruimos

Ladrillo a ladrillo

Beso a beso

Eres tú, mi loco.

 

Vida 3.0

Si pudiera atravesar la pantalla

Aterrizaría en tus labios

Sin pensarlo

Te miraría a los ojos

Para decirte que te quiero

Sin texto

Sin emoticonos

Con mi voz y mi alma

Esa que no se puede enviar como adjunto

Te quiero

Y qué jodida es esta vida 3.0.

Que si alargo el brazo puedo rozarte

Y a pesar de eso

Aquí estamos

Viajando con otras vidas

En lugar de consumir las nuestras

Una página en blanco

La mirada fija, sin apenas pestañear. Hacía semanas que había cambiado el café de las dos de la mañana por una, o varias, copas de vino. Esa imagen bucólica que acompaña siempre a los grandes escritores que beben café mientras escriben grandes novelas no iba conmigo. O al menos no me había funcionado. Quién sabe. Puede ser porque no soy una gran escritora, ni escribiré grandes novelas o simplemente porque no me gusta el café. Lo había intentando, de verdad, pero no había manera de concentrarse con ese espantoso olor que ocupaba mis fosas nasales provocando, en ciertas ocasiones, terribles arcadas. Tampoco me gustaba el te, ni cualquiera de esas hierbas que tan de moda estaban.

Pero, a pesar del destierro del café, allí seguía. Estancada frente a una página en blanco. Sin saber qué contar, o mejor dicho, sin saber cómo contarlo. 

La falta de inspiración la cubría con una buena dosis de tinto que, la mayoría de las veces, me dejaba noqueada en el sofá hasta bien entrada la mañana. 

Llevaba meses intentando por orden a mis ideas, y mientras lo hacía, mi vida era cada vez más caótica. Mi último novio [o pseudonovio] se largó, harto de mis lloros y mis continuas quejas. Y no le culpo. En ocasiones, soy yo la que huiría de mí misma. Y a mi familia se les empieza a agotar la paciencia. Dejé mi trabajo para dedicarlo a mi sueño y sin embargo vivo mendigando dinero a mis padres desde hace más de nueve meses. 

Sé que debería replantearme mi vida, o la historia que quiero contar, o algo. Lo que sea.  Que no puedo continuar así. Lo sé. Soy consciente de ello. Pero ahora mismo, lo único que necesito es rellenar esta copa de vino y tumbarme en el sofá. Mañana empiezo. O eso creo.