Humedades en la cocina

Dejé algunas bolsas en el suelo y llamé al timbre. Mientras revisaba el parte de daños del inmueble me abrieron la puerta. Una preciosa morena de ojos verdes apareció ante mi. Llevaba una bata de seda blanca que le llegaba hasta la mitad de las piernas. Me quedé paralizado sin saber qué decir.

―¿Eres el chico del seguro? Ya era hora, hace más de un mes que os estoy esperando. Anda pasa.

Empecé a recoger todos los trastos y torpemente entré en su casa. Me guio hasta la cocina donde supuestamente estaban los daños causados por las últimas lluvias. Mientras preparaba todo el material ella abrió la nevera y sacó un yogur. Metió la cuchara en su interior y se la llevó a la boca sin dejar de mirarme. El pantalón comenzaba a apretarme, tenía que centrarme en mi trabajo.

―Es ahí ―dijo mientras señalaba las humedades. Ese ligero movimiento de brazos provocó que se abriera la bata dejando al descubierto una milésima parte de un conjunto de lencería con encaje―. El vecino se dejó el sumidero cerrado y el agua de su terraza se filtró a la mía.

En lugar de levantar la cabeza hacia el techo siguiendo su mano, la miré a ella, de arriba a abajo. Ella sonrió al tiempo que volvía a meterse una cucharada de yogur en la boca mientras la lamía con una sensualidad que dolía. Comenzaba a sudar y ella no dejaba de mirarme. Se acercó hacia mí y me ofreció un vaso de agua rozándome la mano intencionadamente.

―Si tienes calor, puedes quitarte la camiseta, no me voy a asustar ―me susurró sin quitarme los ojos de encima.

―Tú también puedes quitarte la bata si tienes calor, tampoco me voy a asustar ―me sorprendió el comentario que hice y al momento me arrepentí. Iba a disculparme cuando la chica dejó caer la bata al suelo. Esto no podía ser real.

―Te toca.

Y me quité la camiseta tan rápido como pude. Ella se acercó a mí y deslizó su mano por mi abdomen. Yo la seguía, hasta que se detuvo al inicio del pantalón, que aún tenía puesto. La miré a los ojos, le dí la vuelta rápidamente poniéndola de espaldas a mí, y puse sus manos sobre la encimera. Rocé mi pantalón abultado por su cuerpo al tiempo que metía mis manos en sus minúsculas braguitas. Estaba muy húmeda y eso me excitó tanto que sin pensarlo metí dos de mis dedos en su interior. Ella gemía y yo cada vez estaba más cachondo. Le besaba el cuello y apretaba mi erección contra su culo mientras la follaba con mis dedos. Ella cada vez gritaba más. Sabía que se correría pronto y eso aún me excitaba más. Cada vez iba más rápido hasta que noté como sus músculos se contraían. Se giró sonriendo y me miró a la cara.

―Si lo haces todo tan bien, mi casa quedará como nueva. A trabajar.

#NOFICCIÓN2021 -2- DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR

Posiblemente muchos se llevarán las manos a la cabeza con la siguiente confesión. No he leído ninguna novela de Murakami. Ale, ya lo he dicho.

Este libro llegó a mis manos de casualidad. Un día estuve buscando libros sobre el arte de escribir. Tanto de ayuda a la planificación de una novela o estructurar textos, como de los puntos de vista y experiencias de escritores ya consagrados. Entonces encontré este, que me llamó mucho la atención, y lo compré.

Leerlo es una delicia. Está escrito con un lenguaje muy ameno y está estructurado en capítulos donde se tratan temas como la gestión del tiempo, la creación de personajes o la vida del escritor. Todo desde la mirada y las propias vivencias de Murakami.

Para mí, ha sido muy enriquecedor leer este libro de no ficción y tras esto, he sentido las enormes ganas de leer una de las muchas novelas de este autor japonés. ¿Alguna recomendación?

Adiós 2020

Te miro a la cara por última vez

Fue precioso el comienzo

Pero acabaste por los aires

Sobreviví

Sobrevivimos

Y nos aprendimos

Segundo a segundo

Día a día

Construimos nuestra vida

Pero nos quisimos mal.

Te miro a la cara por última vez

Y créeme que,

A pesar de las huidas hacia delante

De las lágrimas derramadas

De los besos guardados

Y de los abrazos reservados,

Jamás te olvidaré.

Adiós 2020

Nunca Jamás

Besémonos en las mejillas

Hagámonos cosquillas

Riámonos de las mentiras

Volemos muy arriba

Aunque sea dura la caída

Cojamonos de las manos

Y saltemos a toda pastillas

Disfrutemos de la vida

Juguemos con Campanilla

Porque cuando seamos mayores…

-Qué pasará cuando seamos mayores, Peter?

-Qué nunca jamás pase nada Wendy, que no pase nada…

Un par de vinos

Hace un par de vinos

nos mirábamos con disimulo.

Nuestras pupilas jugaban al escondite

mientras nuestros cuerpos buscaban el roce.

Hace un par de vinos

éramos conscientes del fuego que brotaba entre nosotros.

Y ahora, botella y media más tarde,

¿Quién va a apagar este incendio?

La chica del vestido rojo

Mi reloj marca las diez y media y como cada día paramos un rato nuestra faena para descansar y reponer fuerzas.

-Eh tú, universitario, ¿te vienes al bar? – me pregunta uno de mis compañeros.

-¿Este? ¿El bohemio? ¡qué se va a venir! – responde por mi otro de ellos.

Todos bajan las escaleras y yo en cambio subo al último piso del edificio y me siento junto a la ventana que da al este. A esa hora aún asoma el sol y no es demasiado caliente. Saco mi tupper de fruta y un libro. En esta ventana he leído a Dicker, Mola, Orwell, Montero, Lorca, Benedetti entre muchos otro. Y desde aquí la veo. A ELLA. A esa hora sale a su pequeño balcón a leer. La primera vez que la vi no pude dejar de mirarla. Llevaba un vestido rojo, largo, que bailaba al compás del viento que soplaba creando un espectáculo visual absolutamente maravilloso. Su pelo, largo y negro, seguía los pasos del vestido mientras ella trataba de domarlo. Era imposible no quedarse prendado ante tal escena. Desde entonces la observo y juego a adivinar el libro que se está leyendo. Y contemplo cómo sus manos acarician el libro con delicadeza mientras pasa las páginas con tal mimo que hace que se me erice la piel. En ocasiones se levanta para estirar su cuerpo y se queda mirando por el balcón unos pocos minutos. He sentido la tentación de llamarla más de una vez, pero la timidez me absorbe el pensamiento y no me deja materializar la novela sobre nosotros que ya he escrito en mi mente. El día que llevé conmigo ‘Crónica del desamor’ de Rosa Montero vi que habíamos coincido y comenzábamos una aventura juntos. Me hubiera gustado comentar la historia de las mujeres que aparecen en ese libro, pero me conformé con escribir nuestros diálogos y añadirlos a nuestra novela. Un día apareció con ‘Veinte poema de amor y una canción desesperada’ de Pablo Neruda y esa misma tarde pasé por mi librería a comprarlo. Desde entonces el poema 12 pasó a llamarse ‘La chica del vestido rojo’. ‘Algún día te lo recitaré al oído’ le digo.

“Para mi corazón basta tu pecho,

para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.

Llegas como el rocío a las corolas.

Socavas el horizonte con tu ausencia.

Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento

como los pinos y como los mástiles.

Como ellos eres alta y taciturna.

Y entristeces de pronto como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.

Te pueblan ecos y voces nostálgicas.

Yo desperté y a veces emigran y huyen

pájaros que dormían en tu alma.”

Besos

Nos dimos

Besos de paso.

De esos que emigran

Al acabar la estación.

De esos que hibernan 

Al llegar el calor.

Besos de pasión fugaz.

De esos que se van.

De los que no vuelven

Pero quedan tatuados

A fuego en nuestras pieles