Vuela

Hacía poco que había llegado del trabajo. Había sido un día duro y ahora consumía mis horas muertas frente al móvil. Instagram era adictivo. Ver fotos, leer los textos, las stories… Cuando quería darme cuenta ya era la hora de cenar y yo sentía que había desaprovechado la tarde. El teléfono fijo sonó y me devolvió a la realidad. Hacía tiempo que no escuchaba ese timbre tan peculiar y retro. De hecho, había olvidado cómo sonaba. Me levanté del sofá y fui corriendo a responder.

-Si, ¿diga?

Nadie contestó al otro lado. Aunque sabía perfectamente quién era, quería escuchar su voz. Volví a preguntar.

-¿Quién es?

Comencé a oír unos suspiros. Suaves, lentos, acompasados casi con mi respiración 

-¿Eres tú, verdad?

Nadie respondió. Solo se escuchaban esos suspiros, casi lamentos, que seguro iban acompañados de lágrimas.

-Escucha, no podemos seguir con esto. Esta situación tiene que terminar. Por el bien de los dos -dije con voz calmada. Serena. Comprensiva.

Sin embargo no recibí respuesta alguna. Me armé de valor y volví a hablar.

-La relación que teníamos no era sana, lo sabes ¿verdad? Nos hacíamos daño. Mucho. Te quiero, de verdad, y sé que tú a mi, pero a veces eso no es suficiente. Debemos aprender a soltar y desprendernos de las cosas valiosas que no nos aportan bienestar. Algún día encontrarás a alguien que llene el vacío que nos hemos dejado y cuando lo hagas, te coserás unas alas enormes para volar juntos. Se que es difícil de ver y más con el cuerpo lleno de rasguños, pero creeme que lo lograrás. Eres una persona maravillosa y si yo lo he visto  seguro que alguien lo ve también. Pero cariño, tienes que cerrar esa puerta. Tienes que dejar de llamarme. Eres fuerte, aunque ahora no lo veas. Lo lograrás, lo lograremos. Y en el futuro nos encontraremos por la calle, felices y diremos con una sonrisa ‘cuánto nos quisimos y que mal lo hicimos’.

Los suspiros dejaron de oírse. Ya solo podía escuchar el latido de mi corazón.

-Gracias. Te quiero.

Es lo único que dijo antes de colgar. Es lo último que escuché antes de soltar. Porque esa fue la última llamada. Por fin podíamos seguir nuestro camino, aunque fuera por sendas distintas.

Nunca Jamás

Besémonos en las mejillas

Hagámonos cosquillas

Riámonos de las mentiras

Volemos muy arriba

Aunque sea dura la caída

Cojamonos de las manos

Y saltemos a toda pastillas

Disfrutemos de la vida

Juguemos con Campanilla

Porque cuando seamos mayores…

-Qué pasará cuando seamos mayores, Peter?

-Qué nunca jamás pase nada Wendy, que no pase nada…

Un par de vinos

Hace un par de vinos

nos mirábamos con disimulo.

Nuestras pupilas jugaban al escondite

mientras nuestros cuerpos buscaban el roce.

Hace un par de vinos

éramos conscientes del fuego que brotaba entre nosotros.

Y ahora, botella y media más tarde,

¿Quién va a apagar este incendio?

La chica del vestido rojo

Mi reloj marca las diez y media y como cada día paramos un rato nuestra faena para descansar y reponer fuerzas.

-Eh tú, universitario, ¿te vienes al bar? – me pregunta uno de mis compañeros.

-¿Este? ¿El bohemio? ¡qué se va a venir! – responde por mi otro de ellos.

Todos bajan las escaleras y yo en cambio subo al último piso del edificio y me siento junto a la ventana que da al este. A esa hora aún asoma el sol y no es demasiado caliente. Saco mi tupper de fruta y un libro. En esta ventana he leído a Dicker, Mola, Orwell, Montero, Lorca, Benedetti entre muchos otro. Y desde aquí la veo. A ELLA. A esa hora sale a su pequeño balcón a leer. La primera vez que la vi no pude dejar de mirarla. Llevaba un vestido rojo, largo, que bailaba al compás del viento que soplaba creando un espectáculo visual absolutamente maravilloso. Su pelo, largo y negro, seguía los pasos del vestido mientras ella trataba de domarlo. Era imposible no quedarse prendado ante tal escena. Desde entonces la observo y juego a adivinar el libro que se está leyendo. Y contemplo cómo sus manos acarician el libro con delicadeza mientras pasa las páginas con tal mimo que hace que se me erice la piel. En ocasiones se levanta para estirar su cuerpo y se queda mirando por el balcón unos pocos minutos. He sentido la tentación de llamarla más de una vez, pero la timidez me absorbe el pensamiento y no me deja materializar la novela sobre nosotros que ya he escrito en mi mente. El día que llevé conmigo ‘Crónica del desamor’ de Rosa Montero vi que habíamos coincido y comenzábamos una aventura juntos. Me hubiera gustado comentar la historia de las mujeres que aparecen en ese libro, pero me conformé con escribir nuestros diálogos y añadirlos a nuestra novela. Un día apareció con ‘Veinte poema de amor y una canción desesperada’ de Pablo Neruda y esa misma tarde pasé por mi librería a comprarlo. Desde entonces el poema 12 pasó a llamarse ‘La chica del vestido rojo’. ‘Algún día te lo recitaré al oído’ le digo.

“Para mi corazón basta tu pecho,

para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.

Llegas como el rocío a las corolas.

Socavas el horizonte con tu ausencia.

Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento

como los pinos y como los mástiles.

Como ellos eres alta y taciturna.

Y entristeces de pronto como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.

Te pueblan ecos y voces nostálgicas.

Yo desperté y a veces emigran y huyen

pájaros que dormían en tu alma.”

Besos

Nos dimos

Besos de paso.

De esos que emigran

Al acabar la estación.

De esos que hibernan 

Al llegar el calor.

Besos de pasión fugaz.

De esos que se van.

De los que no vuelven

Pero quedan tatuados

A fuego en nuestras pieles

Único culpable

Le aparté el pelo mientras ella vomitaba. No era la primera vez que nos encontrábamos en aquella misma situación. Achacaba al estrés el hecho de que en ciertas ocasiones tuviera crisis de ansiedad tan fuertes que le provocaba vómitos de sangre acompañados de mareos. Pero yo sabía que había algo más. No quería presionarla, solo quería mostrarme cercana a ella. Estar a su lado hasta que estuviera segura para revelarme qué sucedía. Cuando hubo terminado y se sintió un poco mejor, le propuse salir a la calle a que nos diera el aire. Eso le vendría bien.

Nos sentamos en el banco que había a la salida. Yo simplemente le puse mi mano sobre su pierna en señal de cariño y demostrarle que seguiría ahí a su lado. Hasta que decidiera hablar. Las dos mirábamos de frente y estuvimos un buen rato en silencio. Normalmente esto era lo que sucedía, y tras varios minutos en la misma posición, regresábamos a clase. Pero esta vez fue diferente.

-Cuando tenía nueve años mis padres se separaron. – comenzó – mi madre se casó con un hombre más mayor, que tenía un hijo cinco años más mayor que yo. Mi padre no quiso saber nada de mi. – giré la cara hacia ella para observarla pero ella seguía con la mirada al frente, perdida. – Mi madre comenzó a trabajar en un bar y casi todas las tarde estaba en casa sola con el novio de mi madre y su hijo. Un día, mientras me duchaba escuché cómo se abría la puerta del baño y al correr la cortina los ví mirándome. Me tapé con la cortina como pude pero ellos seguían mirándome y sonriendo. No dijeron nada y se fueron.

Ví como sus lágrimas empezaban a brotar de sus ojos pero su voz no se quebraba.

-Empecé a tener miedo de quedarme sola con ellos, pero mi madre se ausentaba todas las tardes y llegaba a la hora de cenar. – continuó – Otra tarde estaba en mi habitación preparada para ponerme el pijama y los dos entraron sin llamar. Me obligaron a desnudarme delante de ellos y me tocaron. No llegó a más porque la hora de la llegada de mi madre estaba cerca. Tenía once años, no sabía qué hacer. ¿Y si no me creía nadie? ¿Y si mi madre se ponía del lado de esas dos bestias?. Comencé a usar el cerrojo en todas las puertas de casa. Pero una vez, en el baño me descuidé. Entraron y me golpearon. En el suelo me quitaron la ropa y cuando estuve desnuda me obligaron a que les chupara… la polla… y luego me violaron los dos, un rato cada uno. Yo no dejaba de gritar, pero ellos seguían entre risas hasta que descargaron todo sobre mi. Cuando terminaron se fueron y me quedé tirada sobre el suelo. Me sentí sucia y sola. No tenía a nadie. En la ducha rasqué mi cuerpo hasta que casi salió sangre. Quería quitarme el olor y el recuerdo de esas dos bestias sobre mí. A los dos días se lo conté a mi madre y ¿sabes lo que me dijo?

Y esta vez se giró hacia mí, tenía los ojos rojos llenos de lágrimas. Yo respondí que no con la cabeza y ella contestó:

-Me dijo que la culpa era mía, por pasearme en bragas por casa, que les iba provocando y que debería ser más recatada. Me violaron más veces, algunas juntos, otras por separado y mi madre lo sabía. Hace dos años me fui de casa y ahora vivo con mis tíos. A veces me llaman y me amenazan que volverán a por mí y cada vez que ocurre vuelven los ataques de ansiedad. Yo solo quiero que me dejen en paz. Que me dejen vivir.

Con el corazón encogido la abracé fuerte y le dije que iba a estar a su lado, que no importaba la ropa, que no importaban las palabras y sobretodo, que en una violación, el único culpable es el violador.