Cliente insatisfecho

Permanecía inmóvil en aquella incómoda silla, a pesar de la sangre que le caía a través de la comisura de los labios. Esos labios carnosos que hacía apenas unas horas estaban trabajando. Recibió un nuevo golpe, esta vez en el costado. Quizá ya tenía un hueso roto. Ella sin embargo no emitía ningún sonido, ninguna queja, nada. Solo permanecía a la espera del siguiente. ¿Cuál había sido su pecado? La insatisfacción de un cliente. Eso había provocado el enfado del Jeque y decidiera darle una paliza para escarmentarla. No era la primera vez que la castigaba, pero quizá fuera la última y eso la llenaba de felicidad. Tras una fuerte embestida en el oído derecho levantó la vista. Sus miradas se cruzaron por primera vez. Ella escupió sangre, él se crujió los dedos uno a uno. Se estaba preparando, ambos lo sabían. Ella le sonrió dejando a la vista sus dientes rojos. El Jeque levantó su mano derecha y la golpeó con tal violencia que le hizo caer al suelo. La levantó y la volvió a colocar en su posición inicial. Esta vez fue él quien sonrió mostrando su colección de dientes de oro. Se preparó para el golpe final.

Palabras amontonadas

Hace tiempo que no escribo. Bastante tiempo, la verdad. No entiendo qué me pasa. Las palabras se amontonan en mi cabeza, están todas juntas y no sé darles un orden correcto. No sé darles sentido y unirlas para que fluyan solas creando historias. Esas historias que a veces son mías, pero otras son también tuyas, aunque no lo sepas. Otras veces son inventadas, aparecen solas de repente y yo les doy forma como un alfarero haría con el torno y la arcilla. 

Pero hace tiempo que mi torno está apagado. No gira. Y no encuentro la manera de hacerlo funcionar. O quizá sí, pero no quiero. Un día me siento escritora, otros en cambio me pregunto, qué es lo que estoy haciendo. Leo y releo mis propias palabras y pienso porque tengo esta afición tan frustrante y a la vez tan maravillosa. ¿Porque es una afición, no? ¿O soy escritora?

Salto al vacío

Coserse las alas repentinamente

porque el salto al vacío no avisa.

Dejarse la mochila de los miedos

olvidada en la cima.

Llenarse las manos de sueños.

Y lanzarse a la vida.

La nueva.

La buena.

HEAVY METAL

Hoy estoy fuera de cobertura

El modo avión se queda corto

Hoy ni el heavy metal funciona

Ni subir el volumen 

Hasta quemar los auriculares

Hoy no

Hoy he apagado el cerebro

Y he regado mi alma

Con gotitas de tristeza

Y toneladas de rabia

La única cura, el silencio

Ese que suena tan alto

Que hace estallar los oídos

Y adormece el cuerpo

Hasta conseguir arrancar 

Esa hoja del calendario. 

Un día más

Un día menos

Según el lado de la luna al que mires.

Versos Opuestos

Fuimos (per)versos

cuando nuestras miradas 

se cruzaron en la distancia.

Y aunque nuestros cuerpos

quedaron estancos

en nuestro (uni)verso,

nuestras pieles lanzaron fuego

pidiendo a gritos ser apagadas

con el roce de nuestros labios

Y sin embargo,

recogimos nuestros mundos

y seguimos el camino

Por sendas opuestas.

El último café

Las costumbres adquiridas a lo largo de los años era difícil perderlas. O eso pensaba Gaspar, que siempre desayunaba un café con leche muy caliente acompañado de una tostada con queso mientras leía el periódico. Era metódico y cuadriculado y todo ello casaba perfectamente en su puesto de director financiero en una gran empresa.

Dejó de parpadear al tiempo que derramaba el café sobre sus pantalones. Ese titular le había dejado en shock.

Comenzó a abrir cajones y a sacar papeles. Rompía algunos, otros los reservaba. El teléfono sonó y respondió con brusquedad. 

-Sí, lo he visto. Nos largamos.

Colgó sin esperar respuesta. Una décima de segundo más tarde escuchó tres enérgicos golpes en la puerta. Dio un paso atrás cerciorándose de que había llegado el final. En ese momento, la puerta se vino abajo dejando entrar a un puñado de policías y guardias civiles.

-Está usted detenido.

Relato finalista al concurso Café Maurice (17). Léelos todos AQUÍ.

Buenos días

Hay días en los que no me levanto. Mis piernas sí, flotan suavemente sobre el suelo frío de la habitación dirigiéndose lentamente hacia el cuarto de baño. Pero mi cerebro sigue en la cama, dormido junto al corazón. Abrazándose en posición fetal, haciendo la cucharita. Y se está tan bien… que maldigo al despertador por partir mi cuerpo en dos. Por dejar que mis pensamientos y mi alma descansen solos sobre un colchón. Por dejar que mi cuerpo camine como zombie por la casa. Hay días que sería preferible no despertarse. Quedarse durmiendo 48 o 72 horas tampoco debería suponer una penalización en el estatus de persona cuerda. Pero, ¿quién dijo que soy normal? Si vivo en un manicomio a las afueras de la ciudad.