Sumergida entre letras

Aún recuerdo aquel cuento que escribí con 8 años.  ‘Las zapatillas mágicas’. Aún lo conservo, al igual que conservo esa pasión por las letras. Cuando era pequeña me hacían la típica pregunta que le hacen a todos los niños y niñas:  ¿Y tú, qué quieres ser de mayor? Mi respuesta siempre era: ‘Quiero ser escritora’. Al principio las caras eran la misma como cuando un niño o niña dice que quiere ser astronauta. Pero con el paso de los años, viendo que mi respuesta seguía siendo la misma me dejaban caer: ‘Pero además de escribir, ¿en qué quieres trabajar?

Así que busqué una profesión pensando que, un escritor no vive de sus libros. Lo cierto es que, la gran mayoría no lo hacen. Ahora soy consciente de ello. Cuando tenía 14 años y tuve que elegir optativas y me decanté por aquellas que tienen relación con las letras. Decidí que, si quería escribir un libro, debía estudiar una carrera relacionada con ellas. Escogí periodismo. Vi que muchos periodistas tenían libros publicados, y escribir en un periódico o una revista era escribir, al fin y al cabo. Así que esa fue mi elección. Pero al ver mis notas, todas las asignaturas de ‘números’ tenían calificación excelente y las de ‘letras’ algo más bajas, notables. Siempre he sido muy buena estudiante. El verano de los 16, cuando había entregado ya la solicitud de itinerario para bachillerato, le dije a mi padre que cambiaba el Humanístico y Social por el bachillerato Tecnológico. ¡Vaya cambio! Pasaba de tener Historia del Arte y Filosofía a tener Tecnología y Mecánica. 

Al final de toda mi trayectoria en el instituto, me matriculé en la carrera de informática y acabe obteniendo el título de ingeniera superior en Informática. 

Nunca he dejado de leer. Nunca he dejado de escribir. La lectura siempre (o casi siempre) la he compartido. He compartido mis gustos, he recomendado libros, y he comprado más novelas de las que puedo leer. 

Sin embargo, escribir… he tenido mis más y mis menos. El hecho de estudiar una ingeniería me frenó. Posiblemente por el mal concepto adquirido de que solo escriben aquellos que han estudiado carreras de letras y que yo, jamas podría hacerlo por no haberme formado como es debido. 

Hace casi tres años atravesé un momento en mi vida muy delicado que me hizo replantearme muchos aspectos de mi vida. Y comencé a escribir de nuevo. Pero sobretodo, comencé a compartirlo. Ese siempre fue mi gran problema. La gran roca que estaba en mitad del camino. El hecho de que alguien me lea siempre ha supuesto un gran inconveniente para mi. La inseguridad me pesa demasiado.

Pero no me he ido, puedo decir que jamás me fui. Aquí sigo, cerca de ti, sumergida entre letras… ¿Me lees?

La última noche

La última vez que se vieron fue hace algo más de seis meses. Estuvieron jugando al ratón y al gato durante toda la noche y acabaron cada uno en su madriguera. No se habían llamado, de hecho nunca lo han hecho. Se encuentran de forma casual en los locales que frecuentan. Aunque, si bien es cierto, ambos se mantenían al día a través de sus perfiles en redes sociales.

Adela entró en El Onella, el pub más de moda entre los “postadolescentes”, que buscan un lugar donde bailar remember huyendo de los veinteañeros y el reaggeton. Iba enfundada en un vestido granate muy ceñido que marcaba su perfecta figura. Subida, además, a unos tacones de 11cm que manejaba a la perfección. Sus labios, bien rojos, combinaban divinamente con su media melena rubia y sus grandes ojos casi negros. Le seguía Ester su amiga de la infancia, recién divorciada y con unas ganas inmensas de olvidar los últimos meses vividos. De hecho, fue Ester quien suplico a Adela para que la acompañara de tardeo y así despejar la mente y darle un buen meneo al cuerpo.

Fueron directas a la barra y mientras reclamaban la atención del barman, lo vio. Allí estaba. Moreno, con sus ojos claros y su barba de varios días. Adela apartó la mirada mientras notaba como su corazón empezaba a golpear fuertemente el pecho. Ester pidió dos chupitos de tequila y Adela, a pesar de que lo odiaba, se lo bebió sin rechistar. Prefería eso que escuchar a su amiga recriminarle su falta de empatía, amistad y tantas cosas más. Total, si al final se lo acabaría bebiendo. Mejor ahorrarse el sermón.

El local se iba llenando de gente conforme avanzaba la tarde. Adela fue al baño aprovechando que su amiga estaba de tonteo con un chico con el que llevaba toda la tarde lanzándose miraditas.

Le sorprendió encontrar el baño vacío, así que pudo retocarse los labios tranquilamente. Sacó el móvil para consultar sus redes cuando vio que tenía un mensaje suyo: ‘Estas espectacular’. Adela sonrió aunque sintió rabia. «¿¡Y porque cojones no ha venido a saludarme!?» pensó.

Decidió no responderle, al menos en ese momento. Se volvió a mirar al espejo y, mientras trataba de jugar al tetris guardando el labial y el móvil en el minúsculo bolso, salió de baño. En ese preciso momento, alguien salía también de los servicios de hombres lo que provocó que Adela se chocara contra él y su móvil cayera al suelo.

―¡JODER! ―Y se agachó a recogerlo asegurándose de que el dispositivo estaba estaba sano y salvo.

Al levantar la vista lo vio, con su media sonrisa, mirándole con los brazos cruzados. Lucas le tendió la mano para que volviera a ponerse en pie, sin embargo Adela lo hizo sin ningún tipo de ayuda y se apoyó en el marco de la puerta de los servicios de mujeres. Se mantuvieron la mirada durante diez largos segundos. Lucas se acercó a ella apoyando el brazo cerca del hombro derecho de Adela y le susurro al oído:

―Estás increíble.

Adela sentía que el corazón se le iba a salir del pecho y algo le ardía entre las piernas.

―Joder ―repitió, esta vez acompañado de un suspiro.

―Hoy no voy a dejar que te vayas.

Adela noto como la mirada azul le atravesaba sus ojos. Sin pensarlo ni un solo segundo, se acercó al él y le beso de una manera brusca. Sin apenas separarse, Lucas le cogió de la cintura y la empujó al interior de uno de los baños del servicio femenino cerrando la puerta tras de sí. Se comían la boca con ansia. Esa ansia que llevaban meses acumulando bajo la piel y que hoy les quemaba. Lucas le subió el vestido con ambas manos y le rompió las medias de un fuerte tirón al tiempo que metía sus manos dentro del culotte agarrando el trasero de Adela con fuerza. La trajo hacia él golpeándose la espalda contra la otra pared. El metro cuadrado donde estaban no les permitía apenas el movimiento pero no necesitaban más. Aprovechando ahora su posición de superioridad, Adela le desabrochó el vaquero a Lucas mientras metía su mano en el interior agarrando con fuerza su erección.

―Joder… ―volvió a decir Adela.

―Parece que es tu palabra favorita esta noche ―Le dijo con una sonrisa picara. Adela hizo caso omiso a sus palabras, se puso de rodillas y se metió el miembro de Lucas en la boca. 

Lucas gimió fuerte y repitiendo la expresión de Adela:

―¡¡Joder!!

Ella agarraba con fuerza el miembro de Lucas mientras jugaba con su lengua. A veces levantaba la vista y le veía, con los ojos en blanco, deshecho de placer. Eso a ella le encantaba y comenzó a chupar con más fuerza. Lucas le cogió de los hombros y la levantó poniéndola a su altura.

―Vas a hacer que me corra… ―Le dijo al oído. 

Lucas la besó con fuerza empujándola contra la pared. Y mientras las lenguas estaban jugando, las manos de él deslizaron el culotte a un lado mientras le introducía dos dedos. Ella emitió un gemido sordo abriendo la boca. Y al ver como se estremecía, Lucas comenzó a entrar y salir de forma lenta y pausada, observando cada uno de los movimiento. Verla disfrutar de esa manera le excitaba. Le excitaba mucho. Con la mano que le quedaba libre, Lucas sacó la cartera del bolsillo y torpemente extrajo un preservativo de uno de los compartimentos. Tuvo que sacar los dedos del interior de Adela para poder colocarlo correctamente. Había perdido la práctica. Ella le ayudó, y cuando estuvo listo, la cogió al vuelo y, empotrándola contra la pared, le metió la polla de forma brusca. Al principio las embestidas eran suaves. Ella, con la espalda pegada a la pared, notaba los gemidos de Lucas acompasado con sus lentos movimientos. Pero pronto el ritmo comenzó a acelerarse. Cada vez eran más fuertes y eso provocaba golpes contra las pareces del minúsculo habitáculo. Él la sujetaba fuerte del culo mientras empujaba con fuerza sintiendo cada uno de sus movimientos. Adela sintió un intenso dolor de placer y supo que el orgasmo estaba cerca. Comenzó a contraerse y Lucas gimió fuerte descargando sus últimas fuerzas en aquel momento. Los dos se corrieron y mantuvieron la postura escasos segundos mientras recuperaban el aliento y la respiración.

Al tocar los pies en el suelo, Adela se quitó la medias, o lo que quedaba de ellas y se ajustó la ropa interior y el vestido. Lucas la miraba con deseo mientras hacía un nudo en el preservativo y se subía el vaquero.

―Joder tía, me pasaría los días follándote.

Ella levantó la vista. 

―Llámame un día si quieres, y buscamos un sitio más cómodo ―dijo con sorna.

―Sabes que no puedo ―respondió alargando la última sílaba.

―Ya. Claro. Tu mujer.

Él no respondió. Se limitó a abrir la puerta y a salir de ese minúsculo espacio donde habían estado encerrados durante un buen rato.

Quiso besarla, se acercó a ella con esa intención, pero ella fue más rápida y fingió darle dos besos a modo de despedida.

―Me voy a buscar a Ester, la pobre seguro que me ha estado llamando ―mintió. Sabía perfectamente que su amiga estaba comiéndole la boca a su nuevo amigo.

Adela hizo amago de irse y Lucas le cogió de la muñeca impidiendo que se marchara.

―Adela…

―Va Lucas, que me están esperando. Si quieres luego nos tomamos unos tequilas. ―le interrumpió.

Lucas la soltó, se metió las manos en los bolsillos y vio como se marchaba. Cuando hubo desaparecido, Lucas volvió en sí.

―JODER ―dijo en voz alta. 

Cogió el móvil y escribió:  “cariño, voy para casa. Compro pizzas para cenar?”

Al segundo el móvil vibró:  “ok. compra una margarita para los niños”.

Pieles

Arden nuestras pieles 

Bajo este amasijo de desórdenes caóticos

Y sin embargo

Empujamos los momentos

En un vaivén de besos sin sonido

Hasta que a vida nos explota en la cara

Prometiendo cargarnos a la espalda

Un buen puñado de orgasmos infinitos.

Adicta

Una secuencia perfectamente ordenada de zapatos descansaba plácidamente sobre el suelo de su habitación. Le había llevado horas sacarlos de sus cajas y armarios. Nuria podía usar unos zapatos cada día durante tres meses sin repetir par. Aún así, los observaba cual tesoro y pensaba cuál sería el siguiente par en adquirir. Recibía constantes críticas por tener una colección excesivamente cara, pero ella hacía oídos sordos a tales comentarios. Había discutido en innumerables ocasiones sobre ese afán de gastar la mitad de su sueldo en zapatos. ‘Tú sales a cenar cada fin de semana, yo visto mis pies’. Esa era una de las respuestas que daba hasta que finalmente se cansó. El silencio y la sonrisa le hacían más feliz que sumergirse en discusiones estúpidas que no llevaban a ningún lugar. Nadie la entendía, pero eso a Nuria le preocupaba cada vez menos. 

Esa tarde decidió que debía poner un poco de orden. El cambio de estación estaba a la vuelta de la esquina y se había propuesto reorganizar su zapatero. Era minuciosa. Demasiado para su gusto. Pero ese defecto ya formaba parte de su vida y le acompañará hasta el fin de sus días. Colocó botas y botines en el estante inferior, dejando espacio en las baldas del centro para las sandalias y cuñas, más a mano, para llevar durante el verano que estaba a la vuelta de la esquina. Tacones de todas las alturas, diseños muy cuidados de un sinfín de marcas y diseñadores más que conocidos. Todos ellos fueron colocados de forma cuidadosa en cada uno de los estantes del zapatero. 

Cuando hubo terminado, Nuria dio un par de pasos atrás para coger una amplia perspectiva que le permitiera observar su creación de forma óptima. No quería perderse nada. Cada detalle fue tratado de forma especial. Y allí, a la derecha de los Jimmy Choo, en el tercer estante, colocaría su próxima adquisición. Unos Manolos rosa empolvado de un tacón de 7 cm que había echado el ojo un par de semanas atrás. 

Volvería a recibir críticas, pero eso a Nuria, le resbalaría sobre el charol de sus nuevos Manolos.

Silencios

Te comí los labios

Saboreando la sal

Que dejaban tus lágrimas

Y al despegarnos,

Tu sonrisa bailaba

Al compás de tus ojos

Y el silencio se interrumpió 

Con varios ‘tequieros’

Traídos por el eco

De nuestras pieles. 

Zarzuela

Se despertó, y como un acto reflejo, cogió el móvil y empezó a navegar entre sus perfiles de las redes sociales. Yo estaba acostada a su lado. Seguía durmiendo, o al menos, lo intentaba. Estaba acostumbrada a madrugar mucho y los fines de semana, a pesar de que lo intentaba, me despertaba prácticamente a la misma hora. Él decidió que ya era hora de levantarse y yo me hice un poco la remolona, tratando de apurar al máximo el tiempo en la cama. Conectó el móvil al altavoz. Me preguntaba qué música pondría. Cada día era distinto. ¿Música clásica? ¿Extremoduro?¿La banda sonora de Piratas del Caribe? Pero esta vez me sorprendió. 

Estaba en el coche, medio acostada, con las piernas prácticamente encima de mi hermana. Ya casi habíamos llegado. El almacén de Tono se divisaba a lo lejos y a mi izquierda observaba a los niños y las niñas jugando en los campos mientras los padres tomaban algo fresco en el bar de la piscina. Atravesamos la calle principal hasta llegar a una pequeña plaza donde mi padre aparcó el coche. 

Abrimos la puerta y salimos corriendo. Como siempre la puerta de casa estaba abierta. En cuanto cruzamos el descansillo la música me envolvió. Sonaba en toda la casa. La zarzuela comenzó a recorrer cada poro de mi piel y sonreí con alegría. Cuando abrí la puerta que separaba la entrada del comedor, allí lo encontré. Paseando de arriba a abajo con los brazos cogidos detrás de la espalda y respirando cada nota que sonaba por todos los altavoces de la casa. No nos oyó entrar. ¿Cómo iba a hacerlo? Si allí debían de superarse el máximo de decibelios permitido en una vivienda. En ese momento se giró y nos vio allí plantadas. Su cara cambió mostrando una enorme sonrisa mientras abría sus brazos lo máximo que podía. Como siempre empezó a patalear suavemente, se agachó para ponerse a nuestra altura y emitió el sonido ‘ta ta ta ta’ esperando a que nos abalanzáramos sobre él y nos fundiéramos en un fuerte abrazo. Y eso fue lo que realmente ocurrió. 

Mientras permanecimos abrazados me dijo:

-La abuela está en la cocina, preparando la comida.

-¿Y qué hay para comer?

-¿Tú que crees? 

Y salí pitando camino a la cocina, donde se encontraba mi abuela, con un delantal cosido por ella mientras canturreaba alguna de las canciones que sonaban. Me asomé al horno y lo vi y no pude más que emitir un grito de alegría y abalanzarme sobre mi abuela para darle el más fuerte de los abrazos y besos.

-Pero si a ti no te gusta el arroz al horno. – Me dijo con guasa.

Sobre la mesa había una tarta de Santiago, que por lo caliente del molde, debía de estar recién hecha. Mientras observaba toda la cocina, mi abuela me pidió que le trajera un brick de leche. Volví a cruzar el comedor donde mi padre hablaba con mi abuelo al tiempo que éste bajaba el volumen de la música. Cuando llegué a la despensa que estaba situada bajo la escalera encendí la luz. Desde allí apenas se escuchaba la zarzuela…

-Oye cariño, ¿te vas a levantar hoy? El café se enfría.

-Si si, ya voy.

-¿Qué tienes pensado que hagamos hoy para comer?

-Arroz al horno. Y voy a hacer una tarta de Santiago de postre.

La tormenta

-Hola.

-Hola.

Esas fueron nuestras primeras palabras tras una semana sin saber nada el uno del otro. Fueron unos pocos segundos el tiempo que nos mantuvimos la mirada. Unos pocos segundos que se alargaron en el tiempo pareciendo largos minutos. Sus ojos azules penetraban en los míos de una manera que casi me hacían sentir dolor.

-¿Puedo pasar? – Me preguntó.

-Sí, claro – Y me aparté de la puerta dejando que entrara en la que, hasta hacía una semana había sido su casa. 

Cerré la puerta, pero él no pasó más allá del vestíbulo donde se apilaban varias cajas de cartón y un par de maletas. 

Crucé los brazos y me encogí, me hice muy pequeñita a su lado. Intentábamos evitar los ojos del otro, pero en ocasiones suponía un esfuerzo sobrehumano. A veces era yo quien le miraba, otras veces era él quién me miraba a mi. No encontrábamos las palabras. Nos vaciamos de ellas aquella noche, cuando estalló la tormenta. Esa que llevaba tiempo vagando por nuestras vidas. Esa tormenta que a veces mostraba algún claro de sol y nos provocaba trazos de confusión e ilusión a partes iguales. Esa tormenta que comenzó a fraguarse con el paso del tiempo y que no supimos esquivar. Hace una semana nos llovió encima y dejamos escapar nuestros miedos y nuestros sentimientos. Esos que, de haber sido compartidos, los hubiéramos enmarcado y guardado en nuestro cofre de tesoros. Pero quisimos almacenarlos y coleccionarlos individualmente y cuando quisimos compartirlos nos los lanzamos a la cara como flechas punzantes intentando provocar más herida en el otro que en uno mismo. Nos fuimos apagando, de eso no había ninguna duda. Pero ninguno de los dos tuvo el valor ni las ganas de prender de nuevo la llama. 

Ahora solo nos quedaba terminar con esto con la mayor entereza posible, sin salir heridos, sin rasguños y solo guardando en nuestro cofre los buenos momentos que habíamos compartido durante todo este tiempo.

Le busqué con la mirada y le dediqué una medio sonrisa con la esperanza de que él me la devolviera. Y así lo hizo. Me sentí en paz.

-Espero que todo te vaya muy bien, a pesar de todo eres y siempre serás una persona muy importante en mi vida – Me dijo sin apartar sus ojos de mi.

-Tú también, cuídate – Y me acerqué a darle un abrazo. 

Nos quedamos pegados unos pocos segundos que se alargaron en el tiempo pareciendo largos minutos. 

Así éramos. Así fuimos. Habíamos tratado de vivir deprisa, sin pararnos a respirar ni a mirarnos y se nos acabó el tiempo. 

Le vi marcharse, y cuando cerré la puerta comencé a llorar. Lloraban mis ojos, mi corazón y todas y cada una de mis heridas. Pero sabía que a partir de ese día comenzarían a cicatrizar.

Primera persona del plural

Quisimos hacer magia de nuestros besos

y conjugamos nuestros versos

en pasado perfecto.

Abrazamos la vida siguiendo el camino

y conjugamos nuestros cuerpos

en presente continuo.

Miramos las estrellas cogidos de la mano

y conjugamos nuestros sueños

en futuro incierto.

En primera persona del plural.