Zarzuela

Se despertó, y como un acto reflejo, cogió el móvil y empezó a navegar entre sus perfiles de las redes sociales. Yo estaba acostada a su lado. Seguía durmiendo, o al menos, lo intentaba. Estaba acostumbrada a madrugar mucho y los fines de semana, a pesar de que lo intentaba, me despertaba prácticamente a la misma hora. Él decidió que ya era hora de levantarse y yo me hice un poco la remolona, tratando de apurar al máximo el tiempo en la cama. Conectó el móvil al altavoz. Me preguntaba qué música pondría. Cada día era distinto. ¿Música clásica? ¿Extremoduro?¿La banda sonora de Piratas del Caribe? Pero esta vez me sorprendió. 

Estaba en el coche, medio acostada, con las piernas prácticamente encima de mi hermana. Ya casi habíamos llegado. El almacén de Tono se divisaba a lo lejos y a mi izquierda observaba a los niños y las niñas jugando en los campos mientras los padres tomaban algo fresco en el bar de la piscina. Atravesamos la calle principal hasta llegar a una pequeña plaza donde mi padre aparcó el coche. 

Abrimos la puerta y salimos corriendo. Como siempre la puerta de casa estaba abierta. En cuanto cruzamos el descansillo la música me envolvió. Sonaba en toda la casa. La zarzuela comenzó a recorrer cada poro de mi piel y sonreí con alegría. Cuando abrí la puerta que separaba la entrada del comedor, allí lo encontré. Paseando de arriba a abajo con los brazos cogidos detrás de la espalda y respirando cada nota que sonaba por todos los altavoces de la casa. No nos oyó entrar. ¿Cómo iba a hacerlo? Si allí debían de superarse el máximo de decibelios permitido en una vivienda. En ese momento se giró y nos vio allí plantadas. Su cara cambió mostrando una enorme sonrisa mientras abría sus brazos lo máximo que podía. Como siempre empezó a patalear suavemente, se agachó para ponerse a nuestra altura y emitió el sonido ‘ta ta ta ta’ esperando a que nos abalanzáramos sobre él y nos fundiéramos en un fuerte abrazo. Y eso fue lo que realmente ocurrió. 

Mientras permanecimos abrazados me dijo:

-La abuela está en la cocina, preparando la comida.

-¿Y qué hay para comer?

-¿Tú que crees? 

Y salí pitando camino a la cocina, donde se encontraba mi abuela, con un delantal cosido por ella mientras canturreaba alguna de las canciones que sonaban. Me asomé al horno y lo vi y no pude más que emitir un grito de alegría y abalanzarme sobre mi abuela para darle el más fuerte de los abrazos y besos.

-Pero si a ti no te gusta el arroz al horno. – Me dijo con guasa.

Sobre la mesa había una tarta de Santiago, que por lo caliente del molde, debía de estar recién hecha. Mientras observaba toda la cocina, mi abuela me pidió que le trajera un brick de leche. Volví a cruzar el comedor donde mi padre hablaba con mi abuelo al tiempo que éste bajaba el volumen de la música. Cuando llegué a la despensa que estaba situada bajo la escalera encendí la luz. Desde allí apenas se escuchaba la zarzuela…

-Oye cariño, ¿te vas a levantar hoy? El café se enfría.

-Si si, ya voy.

-¿Qué tienes pensado que hagamos hoy para comer?

-Arroz al horno. Y voy a hacer una tarta de Santiago de postre.

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