Nuestra historia

Lucía me miró con esos inmensos ojos marrones que tanto me gustan y que estaban más tristes que de costumbre. Nos conocimos hace muchos años, por casualidad. Ambos habíamos estudiado un par de veranos en el extranjero y nos apuntamos a un curso de inglés para preparar el First. Teníamos 16 años por aquel entonces. Éramos muy jóvenes y teníamos una mochila de sueños que rebosaba por los cuatro costados. Solo nos veíamos los martes y los jueves, de 17 a 19, pero pronto comenzamos a estirar el tiempo. Nos tomábamos un batido al terminar la clase en una pequeña cafetería situada a dos calles de la academia. O simplemente nos sentábamos en una plaza cercana y conversábamos durante horas. Luego volvíamos paseando a casa y buscábamos motivos para vernos fuera del horario de clases. En aquellos tiempos sin pantallas, nos mirábamos a los ojos cuando nos hablábamos y observábamos los movimientos del otro que acompañaban cada una de nuestras palabras. Nos sabíamos de memoria. Cuando Lucía sonreía, se le formaban unos hoyuelos que yo adoraba y ella detestaba. Se ponía terriblemente nerviosa antes de un examen y se estiraba el pelo sin ella ser consciente. Se colgaba siempre la mochila sobre el hombro izquierdo y aseguraba que no sabía andar si se la colgaba del derecho. Desde que nos conocimos no nos hemos separado nunca. Yo fui testigo de su boda y ella será la madrina de mi hijo.

Lucía vino a verme a casa. Aprovechó que Elisa estaba fuera por trabajo, para contarme que estaba pasando una mala época con su marido. Ella conoció a Guillermo en el gimnasio. Puede sonar muy típico, pero así es como ella me lo contó: “Joder, pues no se, yo estaba ahí intentando bajar el asiento de una de las máquinas y Guillermo me vio tan apurada que vino a ayudarme. Luego me dio su teléfono y yo le regalé mis bragas”. Así era mi Lucía.

Lucía y Guillermo se hicieron inseparables y eso me costó más de un enfado. Yo le reprochaba que ya apenas nos veíamos, que ni siquiera hablábamos y sobretodo le dije que la echaba de menos. Supongo que estaba celoso de que no me dedicara el mismo tiempo que antes. Pero Guillermo es un buen tío, están los dos igual de pirados y lo más importante, Lucia sonreía cada vez que me hablaba de él. Mostraba su perfecta dentadura y marcaba sus adorables hoyuelos. Y, aunque algo se encogía dentro de mí, me sentía feliz.

Me contó que llevaban un par de meses distanciados, que no se miraban igual que antes. Que las discusiones habían entrado por la puerta grande y no conseguían alejarlas. Yo le confesé mis miedos. Mi mujer, Elisa, estaba embarazada de cinco meses y habían empezado a florecer en mi muchos temores. Temía perder mi libertad, mi relación de pareja, temía no saber cómo cuidar a un bebé, cómo educarlo. Tenía pánico a mi futuro próximo y no había sido capaz de decírselo a Elisa. Posiblemente era un cobarde, pero a veces la vida te pone piedras en el camino y nos vemos incapaces de rodearlas para seguir el andando.

Lucía se acercó a mí para abrazarme y sus fríos pies rozaron los míos. Joder, estaban congelados. Se puso a horcajadas sobre mi y nos tapó con la sábana blanca que cubría mi cama. La atraje hacia mi y la abracé. Le susurré al oído que todo iba a salir bien, que lo suyo con Guillermo se arreglaría porque era un tipo estupendo y estaban hechos el uno para el otro. Ella me dijo iba a ser el mejor padre del mundo, que es normal estar asustado pero ningún niño nace con manual de instrucciones y que lo bonito de esta etapa era el aprendizaje y el amor.

La atraje hacia mí de nuevo. Nos sonreímos. Ella me acarició la comisura de los labios con el pulgar mientras se mordía el labio. Yo deslicé mi mano por su desnuda espalda a la vez que ella se acercaba a mi para besarme. Al separarse Lucía me preguntó con voz triste porque nuestra historia no funcionó. Yo sin embargo le sonreí, la miré a los ojos y le dije: Lucía, nuestra historia es sempiterna. Y la volví a besar.

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